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La esposa del primer ministro de Armenia lleva la violencia doméstica al centro del debate nacional

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La esposa del primer ministro de Armenia, Nikol Pashinian, habla de violencia doméstica casi a diario, entrevista a mujeres que sobrevivieron durante años a situaciones de abuso, publica sus testimonios, recorre regiones del país, organiza acciones de concientización y busca respaldo para un paquete legislativo que pretende cambiar la forma en que el Estado responde a la violencia dentro del hogar. 

El objetivo más concreto de la campaña es legislativo. Armenia, un país pequeño -de unos tres millones de habitantes- y montañoso situado entre Asia y Europa, ya sanciona penalmente agresiones, lesiones, violencia sexual, amenazas y otras conductas que pueden ocurrir dentro de una familia, pero Anna Hakobyan y las diputadas oficialistas Zaruhi Batoyan, Sona Ghazaryan y Tsovinar Vardanyan buscan avanzar hacia un tratamiento penal específico de la violencia doméstica.

El paquete propone que estos casos sean perseguidos de oficio, de modo que un procedimiento pueda continuar, aunque la víctima retire posteriormente su denuncia, y también busca limitar el uso de la reconciliación como mecanismo para poner fin a determinadas causas. Además, plantea restringir los interrogatorios repetidos a las víctimas, ampliar el uso de vigilancia electrónica, impedir que un acusado cumpla arresto domiciliario junto a la persona agredida y eliminar la figura de la simple advertencia policial en ciertos casos. 

La reforma intenta también invertir una de las imágenes más habituales en los casos de violencia familiar: que sea la mujer quien escape de la casa, muchas veces con sus hijos, mientras el agresor permanece allí. La nueva lógica busca que sea, en principio, quien ejerce la violencia quien deba abandonar la vivienda.

El Gobierno respaldó el avance de estas reformas y el Ministerio del Interior reconoció públicamente que la campaña lanzada por Hakobyan sirvió como base para el paquete legislativo. Para la también periodista, sin embargo, lo decisivo de una ley no reside únicamente en la pena, sino también en el mensaje social que transmite.

“Para quebrar también la fuerza de la costumbre es muy importante que esto quede establecido en la ley”, afirmó durante su entrevista con France 24.  

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“Tu historia debe ser escuchada”

La campaña había comenzado de una forma mucho menos institucional. A comienzos de julio, Hakobyan relató públicamente que había conocido el caso de una joven golpeada por su marido y que le había recomendado acudir a la Policía. La mujer, sin embargo, tenía miedo. No tanto de denunciar el golpe como de aquello que pudiera ocurrir después. Hakobyan contó entonces que temía represalias, y ese episodio se convirtió en uno de los detonantes de una sucesión de publicaciones y testimonios en los que comenzó a señalar que una parte de la violencia permanecía protegida no solo por el silencio, sino también por mecanismos culturales e institucionales que dificultaban que una víctima pudiera romper con esa situación. 

A comienzos de julio, Anna Hakobyan relató públicamente que había conocido el caso de una joven golpeada por su marido y que le había recomendado acudir a la Policía. La mujer, sin embargo, tenía miedo.
A comienzos de julio, Anna Hakobyan relató públicamente que había conocido el caso de una joven golpeada por su marido y que le había recomendado acudir a la Policía. La mujer, sin embargo, tenía miedo. © Tomado de redes sociales – Anna Hakobyan

Después comenzaron a llegar más historias. En uno de los casos difundidos por Hakobyan, una mujer embarazada de dos meses habría sido golpeada por su marido y acudido a la Policía, donde, según su relato, los agentes le pidieron que no exagerara y la enviaron de regreso sin tomar formalmente su denuncia. En otro, un hombre golpeó a su esposa en el patio de la casa, la empapó con agua fría y continuó agrediéndola con un cinturón sobre el cuerpo mojado. La mujer huyó entonces a la casa de su familia, pero un mes más tarde, de acuerdo con el testimonio difundido por Hakobyan, su padre y su hermano la llevaron nuevamente a la vivienda de su marido. 

A finales de agosto comenzó formalmente una serie de entrevistas con mujeres sobrevivientes de violencia bajo la premisa de que “tu historia debe ser escuchada”. Desde entonces, Hakobyan asegura haber encontrado una repetición inquietante. “Las historias de todas las mujeres son iguales si sacamos determinados detalles como la edad, la profesión, las condiciones de vida o la situación social. Si eliminamos esas diferencias, todo se repite”, afirmó en la entrevista.

Muchas de esas mujeres, agregó, llegan a hablar cuando la violencia ya produjo consecuencias graves:

“Las mujeres que entrevisto se encuentran ya en una etapa final, han sufrido una violencia física muy grave y han perdido cosas muy importantes; por ejemplo, tienen serios problemas de salud”. 

Las estadísticas ayudan a dimensionar el problema, aunque solo muestran la parte que logra salir de las casas. Una estimación difundida por el Fondo de Población de Naciones Unidas indica que alrededor del 17,2% de las mujeres armenias ha sufrido violencia doméstica, mientras que el 43% de las sobrevivientes nunca habló con nadie de aquello que le ocurrió. Las estadísticas administrativas muestran, al mismo tiempo, un crecimiento de los casos conocidos por las instituciones. En 2025 se registraron 1.723 casos de violencia doméstica, alrededor de un 27% más que el año anterior, mientras que 1.444 mujeres acudieron a centros de apoyo para personas afectadas por violencia familiar y 79 de ellas requirieron refugio. 

Anna Hakobyan, esposa del primer ministro de Armenia, Nikol Panishian, en entrevista con France 24 en Español, el 2 de octubre de 2026.
Anna Hakobyan, esposa del primer ministro de Armenia, Nikol Panishian, en entrevista con France 24 en Español, el 2 de octubre de 2026. © France 24 – Beatriz Arslanian

Durante el primer semestre de 2026, la Policía recibió 1.375 comunicaciones vinculadas con violencia familiar. Las propias autoridades, sin embargo, advierten que un aumento de las denuncias no debe interpretarse automáticamente como un aumento equivalente de la violencia. En un fenómeno históricamente marcado por el silencio, una mayor cantidad de reportes puede significar también que más mujeres reconocen aquello que viven como violencia y están empezando a recurrir al Estado. 

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La fuerza de la costumbre 

Hakobyan lleva esa discusión un paso más allá. “La violencia, para nosotros, es, en cierto sentido, parte de la cultura (…) Durante los últimos siglos, los libros, las obras, las canciones populares nos han educado de esa manera y se han convertido en instrumentos de transmisión de todo este sistema de valores”, afirma. 

Algunos estudios sobre actitudes sociales parecen mostrar la persistencia de esa frontera entre aquello que ocurre dentro y fuera del hogar. Una evaluación de Naciones Unidas (2023) recogió datos según los cuales alrededor del 72% de las mujeres y el 71% de los hombres encuestados consideraban que los conflictos matrimoniales debían permanecer como una cuestión privada incluso cuando existía violencia. El mismo documento reflejaba que alrededor del 22% de las mujeres encuestadas consideraba justificable que un marido golpeara a su esposa si esta lo desobedecía. 

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Archivo: con las cifras aún frescas de los 166 feminicidios de 2019, el peor año de la última década en Perú, el 2020 ya suma 47 casos ocurridos incluso dentro de la cuarentena por coronavirus.
Imagen de portada: Archivo: con las cifras aún frescas de los 166 feminicidios de 2019, el peor año de la última década en Perú, el 2020 ya suma 47 casos ocurridos incluso dentro de la cuarentena por coronavirus. © EFE

Para Hakobyan, allí se encuentra el núcleo del problema.

“Yo, como una persona nacida, criada y formada en esa cultura, y que ha pasado toda su vida dentro de ella, siempre me he sentido incómoda con este fenómeno. Siempre me he preguntado por qué tiene que ser tan injusto y por qué las relaciones deben construirse sobre una base tan desigual”. 

La iniciativa abrió una discusión, quizá más difícil que la jurídica: qué es exactamente aquello que los armenios llaman “familia tradicional”. Para Hakobyan, utilizar la tradición para justificar relaciones de control, desigualdad o violencia representa una deformación de los propios valores armenios.

Algunas voces de la oposición, en cambio, consideran que la campaña corre el riesgo de señalar como responsable al modelo mismo de familia armenia. La diputada opositora Kristine Vardanyan, de la Alianza Armenia, formuló esa crítica de manera directa al advertir que la lucha contra la violencia doméstica no debería servir para “poner en la mira el modelo de familia armenia”. 

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En esa dirección, sectores opositores consideran que estas acciones se suman a la lista de políticas que “atacan” los elementos identitarios armenios.  Aquí aparece uno de los principales antagonismos de un debate que ya no es solamente sobre violencia, sino también sobre cultura, identidad y el sentido que una sociedad atribuye a sus propias tradiciones. La controversia revela que existe un acuerdo básico en torno a que la violencia debe ser combatida, pero no necesariamente sobre la explicación cultural que Hakobyan construye alrededor del fenómeno. 

Una bandera nacional armenia ondea en la fachada del Centro de Artes de Meghri, en Meghri, provincia de Syunik, al sur de Armenia, 15 de octubre de 2025.
Una bandera nacional armenia ondea en la fachada del Centro de Artes de Meghri, en Meghri, provincia de Syunik, al sur de Armenia, 15 de octubre de 2025. © EFE –

La esposa del primer ministro responde a esa objeción apelando, paradójicamente, a la tradición. No cree que haya que abandonar la familia tradicional; sostiene que hay que recuperar lo que considera su verdadero significado. “La familia tradicional no ha sido una familia basada en la violencia”, afirma. Para sostenerlo, retrocede ocho siglos y menciona el Libro de Juicios, asociado al jurista medieval armenio Mkhitar Gosh. “En los siglos XII-XIII teníamos un código penal en el que había artículos referidos a las relaciones familiares”, explica. Para ella, aquel orden jurídico refleja una tradición en la que “la persona constituía el valor supremo” y los derechos de las mujeres también encontraban protección. “Preste atención: estamos hablando de los siglos XII-XIII”, enfatiza. 

Según su interpretación, la sociedad armenia perdió en algún momento parte de ese sistema de valores y terminó incorporando la fuerza como herramienta para mantener unida a la familia. La contradicción aparece, a sus ojos, cuando una mujer puede soportar años de violencia, temer por su vida, abandonar su casa junto a sus hijos y, al denunciar, convertirse ella misma en la acusada de destruir el hogar. “Una mujer que intenta salvar su propia vida y la de sus hijos es acusada de actuar contra la familia. Esto no tiene nada que ver con el sistema tradicional de valores armenios”, sostiene. 

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Violencia doméstica y grieta política 

La campaña también entró de lleno en la política cuando Hakobyan intentó involucrar a los dos bloques opositores del Parlamento. En agosto invitó a sus representantes a reunirse y pidió que participaran en la discusión sobre los cambios al Código Penal, pero ambas bancadas rechazaron la propuesta: Narek Karapetyan, jefe de Armenia Fuerte, respondió que su grupo no tenía interés en mantener esa reunión, mientras Anna Grigoryan, líder de la bancada Armenia, señaló que abordarían el tema por separado. 

Hakobyan no oculta su decepción y considera que la violencia doméstica debería quedar por encima de la confrontación partidaria. “Más allá de la política, hay cuestiones mucho más elevadas, que están por encima. Y a este problema lo ubico justamente entre ellas”, afirmó. 

Archivo. El nuevo primer ministro armenio, Nikol Pashinián, y su esposa, Anna Hakobyan (d), celebran su victoria en la plaza de la República en Ereván, Armenia, hoy, 8 de mayo de 2018.
Archivo. El nuevo primer ministro armenio, Nikol Pashinián, y su esposa, Anna Hakobyan (d), celebran su victoria en la plaza de la República en Ereván, Armenia, hoy, 8 de mayo de 2018. © EFE –

Para ella, las diferencias partidarias tienen otros espacios en los que expresarse, “pero en torno a esta cuestión deberían estar todos unidos, porque afecta absolutamente a todos”. Su expectativa es que, cuando el proyecto llegue finalmente a votación, obtenga un respaldo unánime en la sesión de la Asamblea Nacional, que probablemente ocurra este octubre. “Lo importante no es tener una reunión, sino cómo van a responder ante esta cuestión”, agregó. 

Recientemente, Hakobyan anunció que había sido necesario crear un centro específico para coordinar el movimiento porque, según dijo, miles de mujeres comenzaron a contactar con su equipo para contar situaciones de abuso y pedir ayuda. También ha trasladado la campaña fuera de Ereván, con acciones de concientización y recolección de firmas en distintas regiones del país.  

Durante la entrevista, mostró en su teléfono ejemplos de campañas y acciones realizadas en distintos países del mundo. Guarda referencias, modelos y experiencias internacionales que estudia como parte de su trabajo, pero insiste en que Armenia no necesita copiar ninguna de ellas. Frente a las críticas que la acusan de importar valores extranjeros, vuelve una vez más a la misma idea:

“La realidad es otra: se trata de volver a nuestras propias raíces, y no de adoptar la experiencia o el modelo de otra sociedad”. 

Su papel dentro de este proceso constituye, de todos modos, otra de las singularidades del debate. Anna Hakobyan no ocupa un cargo electivo, no es diputada ni integra formalmente el Gobierno. Es directora ejecutiva de la Fundación My Step y esposa del primer ministro. Ella misma subraya esa condición cuando se le pregunta cómo una campaña encabezada por ella pudo terminar desembocando en un paquete legislativo. “Probablemente, mi papel es el de reunir en un mismo lugar los esfuerzos de todos”, dice, y recuerda que organizaciones de la sociedad civil llevan alrededor de dos décadas trabajando sobre la violencia doméstica y que distintos diputados ya habían realizado intentos por modificar las leyes. “Como se trató de iniciativas aisladas, no tuvieron el resultado esperado”, concluye. 

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Imagen de portada: © France 24

Hakobyan tampoco promete una Armenia en la que la violencia desaparezca por completo. Cuando se le pide imaginar qué tendría que ocurrir para considerar que su movimiento alcanzó su objetivo, evita los absolutos. “¿Que nuestro objetivo es que la violencia desaparezca de las familias y de la sociedad? No”, responde. Su medida del éxito es otra: que la violencia deje de formar parte de aquello que una sociedad tolera, que quien la ejerce se convierta en la excepción y que una mujer que intenta escapar de ella no sea considerada culpable de destruir su propia familia. “Yo consideraré que el movimiento ha alcanzado su objetivo cuando eso se haya convertido en algo minoritario”, indica Hakobyan.  

El lazo violeta que lleva sobre el pecho es la parte visible de esa campaña. La disputa más difícil ocurre en otro lugar: en decidir qué cosas pertenecen realmente a una tradición y cuáles, después de repetirse durante generaciones, simplemente se acostumbraron a parecerlo. 

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