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Desde el terreno: clases, drones y pueblos vacíos, la educación bajo la guerra en el sur de Líbano

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Desde la ventana del aula, Ali mira hacia Mansouri. Tiene 14 años y conoce bien lo que hay al otro lado. Su pueblo está ahí, frente a él. También está su antigua escuela. Y sus amigos. Por eso, mientras el resto de la clase sigue las actividades, él vuelve una y otra vez la mirada hacia la ventana. Está pendiente de cualquier nueva explosión. 

Ali ya no estudia en Mansouri. Durante la última contienda en Líbano, azotado por ataques de Israel, en marzo, tuvo que marcharse a Beirut, donde se quedó con unos familiares. Cuando la ofensiva se frenó y su familia pudo regresar al sur, alquilaron una casa aquí y lo matricularon en la escuela pública de Batouliya, en el distrito de Tiro. Es la escuela que tiene más cerca, pero no es la que quiere. 

“Echo de menos mi antigua escuela y a mis amigos”, cuenta. Su mejor amigo murió durante la guerra. 

Todos los niños de Mansouri se marcharon. Ali ni siquiera sabe si su antigua escuela sigue en pie. Le gustaría volver allí. Pero ahora esa no es una posibilidad. 

El bullicio de los niños en un patio de una escuela libanesa cercana a la zona ocupada por Israel en el sur de Líbano se escucha por encima de los cañonazos de la artillera israelí: el curso arranca con los cristales rotos, sin agua corriente y con un desinterés cada vez mayor entre los alumnos por seguir estudiando.
El bullicio de los niños en un patio de una escuela libanesa cercana a la zona ocupada por Israel en el sur de Líbano se escucha por encima de los cañonazos de la artillera israelí: el curso arranca con los cristales rotos, sin agua corriente y con un desinterés cada vez mayor entre los alumnos por seguir estudiando. © EFE – Edgar Gutiérrez

En esta escuela, a unos kilómetros de su pueblo, ha recuperado las clases. No ha recuperado, sin embargo, la vida que tenía antes. En las aulas del último piso, incluso, todavía están los cristales rotos por la fuerza de las explosiones.  

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«¿Cómo puede concentrarse un niño cuando tiene un dron sobre su cabeza?»

La escena se repite en muchas aulas del sur de Líbano. Los niños han vuelto a sentarse frente a una pizarra después de meses de desplazamiento, interrupciones y miedo. Pero volver a clase no significa necesariamente volver a estudiar. Para Ali, la distancia entre una cosa y otra cabe en una ventana. 

Su profesora Sanaa Farhat lleva 35 años enseñando. Ella también sabe lo que significa abandonar una casa. En 1982, durante la ocupación, tuvo que dejar Shama. El pueblo estaba en llamas y su familia perdió su vivienda. Después de 2000 regresaron, reconstruyeron y volvieron a vivir allí. 

Ahora la historia vuelve a empezar. Su casa en Shama ha quedado destruida y no puede regresar. Ella enseña en esta escuela, donde también estudian niños desplazados de localidades cercanas. 

Los alumnos están sentados en clase, pero sus cabezas están en otra parte: Están pendientes de sus pueblos, de dónde ha caído el último ataque y de cuándo tendrán que levantarse y salir corriendo.
Los alumnos están sentados en clase, pero sus cabezas están en otra parte: Están pendientes de sus pueblos, de dónde ha caído el último ataque y de cuándo tendrán que levantarse y salir corriendo. © EFE – Edgar Gutiérrez

“¿Cómo puede concentrarse un niño cuando tiene un dron sobre su cabeza todo el día?”, pregunta. 

La pregunta no es retórica para Farhat. Es lo que ve cada día delante de ella. 

Los alumnos están sentados en clase, pero sus cabezas están en otra parte: Están pendientes de sus pueblos, de dónde ha caído el último ataque y de cuándo tendrán que levantarse y salir corriendo. Algunos preguntan cuándo volverá a intensificarse la guerra. Otros quieren saber qué ocurriría si un ataque alcanzara la escuela. Cuando escuchan las explosiones, algunos lloran. Otros quieren volver a casa. La concentración desaparece, explica Farhat. 

“Ese es su foco. No pueden concentrarse en lo que están haciendo aquí. Viven con miedo e incertidumbre constantes”, insiste. 

Bilal Hamadi, profesor de Química y Física desde hace 14 años, describe algo parecido desde el otro lado de la pizarra. 

La guerra ha entrado en el aula antes incluso de que empiece la lección. Algunos de los alumnos ya no van a la escuela. Han perdido a familiares, tienen hermanos heridos o deben ayudar en casa.
La guerra ha entrado en el aula antes incluso de que empiece la lección. Algunos de los alumnos ya no van a la escuela. Han perdido a familiares, tienen hermanos heridos o deben ayudar en casa. © EFE – Edgar Gutiérrez

Cuando entra en una clase -dice- se encuentra con alumnos que llevan consigo las fotografías de seres queridos que han muerto durante la guerra. Son sus padres, sus hermanos, sus amigos. 

“La clase es como una familia”, dice. 

La guerra ha entrado en el aula antes incluso de que empiece la lección. Algunos de sus alumnos ya no van a la escuela. Han perdido a familiares, tienen hermanos heridos o deben ayudar en casa. Otros han empezado a trabajar después de clase para contribuir a los ingresos familiares. Hacen repartos, trabajan de barberos o buscan pequeños trabajos. 

Y cuando suena un ataque durante una clase, todo se detiene. “No están concentrados en lo que les estoy diciendo”, explica Bilal. Escuchan el dron, intentan saber dónde caerá el próximo ataque. Si una explosión llega, ya no hay clase. 

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El propio profesor reconoce que tampoco puede abstraerse. Tiene hijos en otra escuela. Cuando escucha un ataque, piensa en ellos y en cómo podría ir a buscarlos. 

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Niños vuelven al colegio entre el desplazamiento y la destrucción
Imagen de portada: Niños vuelven al colegio entre el desplazamiento y la destrucción © France 24

“No estoy concentrado. Es así por las dos partes”, puntualiza. 

«Los niños tienen miedo, pero al menos esta zona se considera segura»

Para muchos alumnos, además, la escuela ha dejado de ser el centro de una rutina estable. Sus familias han cambiado de casa, viven en espacios más pequeños o comparten habitaciones. Algunos ni siquiera tienen un lugar tranquilo donde sentarse a estudiar. 

Maya, madre de dos niños de cuatro y ocho años, lleva años viviendo así. 

Su familia es de Ait Aroun. Cuando comenzaron los ataques contra el pueblo, tuvieron que marcharse. Antes de instalarse en una casa alquilada hace dos meses, pasaron por un refugio colectivo habilitado en una escuela. Sus hijos recibían entonces las clases por internet. 

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Imagen de portada: © France 24

Durante estos años han cambiado de casa o de lugar unas cinco veces. 

La vivienda familiar quedó dañada durante la guerra. La reconstruyeron. Ahora, explica Maya, ha vuelto a quedar destruida. 

En el refugio, sus hijos tenían poco espacio para jugar. Escuchaban los bombardeos alrededor y pasaban los días dentro de una escuela que ya no funcionaba como escuela. 

Ahora han vuelto a las aulas. 

“Es verdad que escuchamos muchos bombardeos y que los niños tienen miedo, pero al menos esta zona se considera segura”, dice Maya. Ese “al menos” resume la situación. 

Familiares de niños asesinados en ataques israelíes desde septiembre de 2024 portan sus fotografías durante una concentración conmemorativa del aniversario bajo el lema «Septiembre, el mes más mortífero para los niños del Líbano», en la Plaza de los Mártires de Beirut, Líbano, el 23 de septiembre de 2026.
Familiares de niños asesinados en ataques israelíes desde septiembre de 2024 portan sus fotografías durante una concentración conmemorativa del aniversario bajo el lema «Septiembre, el mes más mortífero para los niños del Líbano», en la Plaza de los Mártires de Beirut, Líbano, el 23 de septiembre de 2026. © EFE

En la escuela de Batouliya, los alumnos pueden volver a abrir los libros. También pueden jugar. Pintan, hacen actividades y participan en juegos y marionetas organizados por la ONG Save the Children. Durante unas horas, la escuela intenta parecerse realmente a una escuela. 

No es un detalle menor. Para niños que llevan meses desplazándose, esas actividades sirven también para salir del miedo y del estrés constante. El propio Bilal, el profesor de Química, insiste en la importancia de que tengan espacios donde puedan jugar y relacionarse. 

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En casa, dice, muchos no encuentran un ambiente tranquilo, especialmente cuando han perdido a alguien. La escuela puede ofrecer una rutina, pero necesita ayuda para convertirse también en un espacio donde los niños puedan volver a sentirse niños. 

Save the Children trabaja en Líbano precisamente en ese punto entre educación y bienestar. Su investigación más reciente sobre los niños afectados por el conflicto señala que la inseguridad, el desplazamiento y la falta de apoyo están afectando tanto a la continuidad del aprendizaje como al bienestar psicológico. La ONG estima que la pérdida de aprendizaje acumulada ya equivale a años de educación. Su directora en Líbano, Nora Ingdal, ha advertido de que algunos alumnos están varios cursos por debajo del nivel que les correspondería. 

Niños sentados jugando dentro de una tienda de campaña en una escuela convertida en refugio para familias desplazadas en Tiro , al sur del Líbano, el 27 de agosto de 2026.
Niños sentados jugando dentro de una tienda de campaña en una escuela convertida en refugio para familias desplazadas en Tiro , al sur del Líbano, el 27 de agosto de 2026. © Reuters – Mohamed Azakir

El problema es que la interrupción educativa no empieza ahora. Líbano arrastra años de crisis económica, pandemia, la explosión del puerto de Beirut y sucesivas guerras.

Educación interrumpida

El último conflicto volvió a pausar la educación de cientos de miles de niños. En el momento más intenso de la guerra, alrededor de la mitad de las escuelas públicas llegaron a utilizarse como refugios, dejando a más de 250.000 alumnos con su educación interrumpida. 

Ahora el curso ha comenzado, pero la vuelta no es igual para todos. Unas 340 escuelas resultaron dañadas durante la guerra y alrededor de 30 quedaron destruidas, según datos citados por Associated Press. Algunas siguen siendo inaccesibles en zonas bajo control israelí. 

Y todavía hay familias desplazadas que viven en escuelas. Alrededor de 350.000 personas siguen desplazadas en Líbano, según Naciones Unidas, y unas 21.000 permanecen en refugios colectivos. En Tiro, algunas de esas familias siguen viviendo en instalaciones escolares que deberían estar ocupadas por alumnos. 

Para quienes sí han podido regresar a las aulas, el problema es otro: recuperar el tiempo perdido. 

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Imagen de portada: © France 24

En Batouliya, esa pérdida no se mide solo en libros que no se han leído. 

Se mide en niños que miran por la ventana. En alumnos que escuchan un dron en lugar de escuchar al profesor. En adolescentes que han dejado la escuela para trabajar. En familias que han cambiado cinco veces de casa. Y en fotografías de personas muertas que acompañan a los alumnos hasta sus pupitres. 

Ali sigue mirando hacia Mansouri. Quiere volver a su antigua escuela. Quiere volver a estar con sus amigos. Pero, por ahora, estudia aquí porque es la escuela que le queda cerca de la casa que su familia ha podido alquilar.  

La educación ha vuelto; él también, pero su pueblo, todavía no.  

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