Salud
Gaby Hostnik, neurocientífica: «La queja activa el sistema de amenazas del cerebro»
MADRID, ESPAÑA / AGENCIA DPA.— Vivimos en la era de la sobreestimulación. Acelerados, con falta de energía y poco tiempo para procesar nuestras emociones. La búsqueda constante del bienestar es, en este contexto, una presión más que se puede volver contra las personas. En este contexto, la divulgadora y especialista en Neurociencias
Aplicadas argentina Gaby Hostnik señala que «nuestro cerebro solo quiere mantenernos vivos, pero, en un mundo acelerado, esa programación nos empuja a la ansiedad y nos desconecta de nuestra esencia». Sin embargo, la experta asegura que podemos aprender otra forma de vivir. Acaba de publicar El futuro es lo que haces hoy (Bruguera, 2026), un libro que invita a entrenar la gimnasia emocional para construir una vida más plena.
—¿Qué significa realmente la felicidad y por qué puede ser problemático perseguirla constantemente?
—La palabra felicidad es algo que tenemos muy presente, pero desde el punto de vista de la neuroquímica, esa búsqueda de una felicidad constante o esos chispazos de dopamina y esas emociones intensas puede provocar una caída emocional posterior muy fuerte. Por eso, yo hago una distinción entre el bienestar y la felicidad. El primero abarca todas las emociones. Está lleno de retos y desafíos. Por eso, evoco en el inicio del capítulo la frase de Borges que tiene que ver con la serenidad, que es más razonable que buscar la felicidad. Porque tiene que ver más con nuestro sistema nervioso, que hoy vive híperconectado. Cada vez tenemos, más una tecnología ultramoderna y nuestro cerebro, emociones del Paleolítico. Sí, el cerebro se adapta, pero es el mismo que hace 200.000 años y la realidad es que la misión, desde el punto de vista de lo biológico, para el cerebro es la supervivencia pura y dura, no le interesa que tengamos bienestar o felicidad.
—Los países nórdicos suelen ocupar los primeros puestos en los ránkings de felicidad, aunque no son lugares donde abunden especialmente esos momentos de liberación descontrolada de dopamina. ¿Qué papel juega el contexto en nuestro bienestar emocional?
—Yo he trabajado en España y también en América Latina, en Argentina y con países como Perú, Colombia, Chile o Brasil. La realidad es que lo que uno ve en América Latina es un exceso de estrés o de preocupación que quizás en países de Europa no está tan a flor de piel. Uno no está con el sistema de alarma todo el tiempo activado y creo que esa vida predecible quizás ayuda a tener un equilibrio de esa neuroquímica en el cerebro. Por otro lado, siempre les digo a mis alumnos de América Latina que esa gimnasia que uno tiene que hacer por vivir en contextos muy inciertos ejercita la flexibilidad que es súper necesaria en el contexto actual. Nos permite ser pilotos de tormenta, entonces, depende de cómo lo mires y dónde te pares.
—¿Qué es la inteligencia emocional y cómo podemos aplicarla en la vida cotidiana?
—La inteligencia emocional es la capacidad de conocernos, entender nuestro universo emocional y entender cómo nosotros respondemos y gestionamos ese universo en nuestra vida cotidiana. En el plano interpersonal, tiene que ver con cómo respondo, con gestionar y no reaccionar, cuánto nivel de pausa puedo poner entre el estímulo y la respuesta. A mayor reactividad, menos inteligencia emocional. Generalmente, se conoce la inteligencia emocional o se la piensa en el aspecto interrelacional con el otro, pero la realidad es que siempre es la base, cuantas más herramientas tienes para gestionarte, para conocerte, mejor vas a poder responder y gestionar en el entorno y en el contexto donde te toca actuar. Desde el punto de vista de la neurociencia aplicada, me gusta decir que es como hacer cada vez más rutas, más puentes, más carreteras entre nuestras zonas más impulsivas, más reactivas, y nuestra corteza prefrontal, que es nuestra zona más consciente de respuesta. Cuanto más practicas, más inteligencia tienes. Si todo el día estás en piloto automático y no paras a pensar en cómo te hubiese gustado responder o actuar, no vas a tener esa consciencia. Las emociones constantemente nos están trayendo información porque las emociones son el lenguaje del cuerpo y cuando tenemos conciencia de esas emociones, de que todas cumplen una función adaptativa, más capacidad tenemos para entender cómo queremos responder.
—¿Cómo podemos trabajar el propósito sin que se convierta en una fuente de frustración?
—A mí me gusta bajarlo al día a día. Si tu día a día tiene sentido, y para algunos el sentido es la familia, para otros es la profesión, para otros es una dimensión más comunitaria, eso es propósito. Obviamente tiene que ver mucho también con lo que hacemos, porque pasamos muchas horas de nuestra vida haciendo cosas, pero también tiene que ver con una dimensión más profunda, los vacíos del ser no se rellenan solamente con el hacer o con el tener. Está estudiado que cuando uno siente que tiene un por qué y un para qué, que por supuesto que va cambiando a lo largo de la trayectoria vital, ese es un factor neuroprotector. Tenemos mucho más bienestar cuando dejamos esa huella, ese legado y esa trascendencia a los demás. Las emociones que se ponen en juego en esa dimensión social, cuando le dejamos algo al otro, cuando lo ayudamos desde nuestra perspectiva, son mucho más agradables, más placenteras y nos dan muchísimo más bienestar integral.
—¿Por qué es importante entrenar emociones positivas como la gratitud?
—Si queremos tener un mayor bienestar integral, tenemos que entrenar la gratitud. Está estudiado que impacta en nuestro bienestar. No es lo mismo buscar herramientas cuando estás mal, cuando ya no das más, que buscar herramientas y entrenarte en positivo. No es lo mismo buscar cómo hacer para estar menos mal que buscar cómo estar mejor. Porque si entrenas la gratitud, cuando te venga el desafío o esa incertidumbre que siempre está presente en nuestra vida, tendrás mayor capacidad de afrontamiento, estarás entrenando esa flexibilidad mental, esa resiliencia, esa capacidad de cambio y de adaptación.
—Tendemos a pensar que quejarse es catártico. ¿La queja puede ser perjudicial como estrategia emocional?
—Una cosa es la catarsis y otra cosa es la queja. Hay personas que van por la vida quejándose por todo y la realidad es que todas las emociones contagian, pero las emociones que son desagradables lo que hacen es intoxicar el ambiente, el clima emocional. Cuando estamos en modo queja, lo que hacemos es activar el sistema de amenaza del cerebro y eso impacta en cada célula, en cada órgano y en nuestro sistema inmune. Entonces, ante una queja está bien preguntarse qué oportunidad escondida no estoy viendo.
—En el libro propone el ejercicio de escribir una carta al yo del futuro. ¿Qué aporta?
—Permite observar a la persona en la que deseas convertirte. Es interesante, el cerebro tiene una capacidad predictiva de imaginar lo que aún no existe. Y es importante imaginar lo que aún no existe porque nos ayuda a diseñar futuros posibles. Ayuda a trabajar desde esa imaginación, desde esa atención en lo que depende de nosotros mismos, y también en la confianza para sostener esa acción diaria.
—Aborda también la relación mente-cuerpo. ¿Cómo podemos usar el cuerpo para mejorar nuestro bienestar emocional?
—La enfermedad carencial del siglo XXI es el sedentarismo, pasamos muchas horas nuestra vida sentados, si lo comparas con nuestros antepasados. Entonces, el movimiento es clave. También hay que pensar en cuántos espacios de silencio nos regalamos, porque hay muchísima evidencia de que el silencio es muy beneficioso. Hay que pensar en cuánto tiempo pasamos en la naturaleza sin estímulos. El cuerpo siempre es la mejor vía para gestionar nuestras emociones. Si no te gustan los deportes, al menos salí a caminar rápido 20 minutos, porque eso de alguna manera te renueva el tanque de energía y te cambia la química del cerebro.
