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OTAN 3.0: ¿por qué la alianza llega a Ankara ante su mayor redefinición en décadas?
La mayor grieta está al interior de la OTAN. Durante décadas, el principal desafío de la Organización del Tratado del Atlántico Norte fue contener amenazas externas. Hoy, el factor que más condiciona su cohesión proviene del propio liderazgo estadounidense.
Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha endurecido su discurso hacia los aliados europeos. Las diferencias sobre el respaldo a Ucrania, las críticas por la falta de apoyo europeo durante la ofensiva estadounidense contra Irán, sus reiteradas amenazas sobre Groenlandia y, especialmente, sus dudas sobre el cumplimiento automático del Artículo 5 del tratado han erosionado la confianza entre Washington y las capitales europeas.
Aunque ningún gobierno cuestiona públicamente la continuidad de la alianza transatlántica, el ambiente previo a la cumbre en Ankara está marcado por una desconfianza que varios analistas describen como la más profunda en décadas. El interrogante ya no es únicamente cuánto gastan los europeos en defensa, sino hasta qué punto pueden seguir dependiendo del paraguas militar estadounidense.
De la discusión sobre el gasto al reparto del poder
Durante años, Donald Trump centró sus críticas en el bajo gasto militar europeo. Ese debate parece parcialmente superado tras el compromiso adquirido por los aliados de avanzar hacia una inversión equivalente al 5% del PIB en defensa durante la próxima década.
Ahora la discusión ha evolucionado hacia un asunto mucho más complejo: el reparto efectivo de responsabilidades militares.
Washington ya ha anunciado la revisión de su despliegue convencional en Europa y ha iniciado el retiro de parte de sus tropas y capacidades estratégicas, con la intención de concentrar más recursos en el Indo-Pacífico.
Esta transición, bautizada desde el Pentágono como una «OTAN 3.0», obligará a Europa a asumir un papel mucho más activo en su propia defensa convencional, mientras Estados Unidos buscaría concentrarse en la disuasión nuclear y en sus prioridades estratégicas frente a China.
La cuestión central para Ankara será cómo ejecutar esa transición sin debilitar la capacidad disuasoria de la organización ni generar vacíos de seguridad.
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Europa busca autonomía: Ucrania, la prueba de credibilidad
La voluntad política de fortalecer la defensa europea ha aumentado de forma evidente desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania. Alemania acelera su rearme, Francia mantiene su liderazgo militar y varios países incrementan sus presupuestos de defensa.
Sin embargo, esa mayor inversión todavía no elimina una dependencia estructural de Estados Unidos.
Las capacidades estratégicas más sensibles —inteligencia, transporte militar, vigilancia satelital, defensa antimisiles, logística y disuasión nuclear— siguen concentradas en Washington. La guerra en Ucrania ha demostrado que, pese al aumento del gasto europeo, gran parte del armamento que sostiene a Kiev continúa siendo estadounidense o depende de tecnología norteamericana.
La experiencia ucraniana también ha puesto en evidencia otra realidad: la innovación táctica puede compensar parcialmente la escasez de recursos, pero no sustituye la capacidad industrial. Ucrania ha desarrollado nuevas formas de emplear los sistemas Patriot, drones e interceptores, aunque la falta de misiles y de producción suficiente sigue limitando su defensa frente al creciente volumen de ataques rusos.
Ankara volverá a confirmar que el respaldo a Ucrania sigue siendo un eje estratégico de la OTAN. Los aliados prevén ratificar un nuevo paquete de asistencia militar por unos 70.000 millones de euros durante este año y mantener un nivel similar en 2027.
Pero el verdadero desafío no reside únicamente en anunciar nuevas cifras.
Europa deberá demostrar que puede sostener ese esfuerzo durante una guerra de desgaste mientras incrementa simultáneamente sus propias capacidades militares. Al mismo tiempo, Rusia mantiene una elevada producción de armamento, amplía su fuerza militar y continúa adaptando su estrategia ofensiva, lo que alimenta la preocupación de que Moscú pueda aumentar la presión sobre otros flancos de la Alianza una vez concluya el conflicto en Ucrania.
Una cumbre que puede marcar un cambio de época
La agenda de Ankara refleja además un cambio profundo en la concepción de la seguridad.
La OTAN ya no concentra exclusivamente su atención en una invasión convencional. Los sabotajes contra cables submarinos, los ciberataques, la desinformación, las campañas de influencia política, la protección de infraestructuras críticas, el desarrollo de inteligencia artificial aplicada a la defensa y la creciente cooperación estratégica entre Rusia y China forman parte de un nuevo escenario de amenazas híbridas.
Esta evolución obliga a la organización a modernizar no solo su capacidad militar, sino también sus mecanismos de coordinación política y tecnológica, en un entorno donde las fronteras entre la guerra y la competencia estratégica son cada vez más difusas.
La reunión de Ankara difícilmente resolverá todas las tensiones que atraviesan la OTAN, pero sí puede marcar el inicio de una nueva etapa para la organización.
Por primera vez desde el final de la Guerra Fría, Europa comienza a asumir que su seguridad, ya no puede descansar exclusivamente sobre Estados Unidos. La Alianza seguirá siendo el principal instrumento de defensa colectiva occidental, pero su funcionamiento será necesariamente distinto si Washington reduce progresivamente su presencia militar y exige que los europeos asuman una mayor carga estratégica.
El mayor reto para la OTAN no será únicamente contener a Rusia o responder a nuevas amenazas globales. Será demostrar que puede adaptarse a un escenario en el que el liderazgo estadounidense ya no resulta tan previsible como durante las últimas siete décadas. La capacidad de gestionar esa transición sin fracturar la cohesión política de la Alianza será, probablemente, el verdadero examen que comienza en Ankara.
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Con Reuters y AP
