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Cuatro años de Gustavo Petro: entre la “paz total” que nunca llegó y el capital político de sus reformas sociales
Parecía un imposible para muchos analistas y para buena parte de la población colombiana, pero un día sucedió. Entrada la noche del 19 de junio de 2022, Colombia le anunciaba al mundo que Gustavo Petro se convertía en el primer presidente progresista, de izquierda y exguerrillero de su historia.
Aquellos comicios fueron precedidos por las multitudinarias protestas que se vivieron cuando la sociedad colombiana estalló en reclamo de demandas históricas que no encontraban respuestas en los líderes políticos que habían gobernado hasta ese entonces.
Dotado de una personalidad firme y una retórica cargada de simbolismos, casi dos meses después, el 7 de agosto del mismo año, ingresaba a la Casa de Nariño con una mochila cargada de expectativas. Cuatro años más tarde, su Presidencia concluye con un variopinto de sensaciones que estarán presentes este 31 de mayo, cuando los colombianos acuden a las urnas para decidir quién relevará al líder del Pacto Histórico en la sede presidencial.
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Una paz que nunca es total
La promesa insignia del presidente de Colombia fue la denominada “Paz Total”, un ambicioso proyecto de 25 puntos que proponía reforzar el acuerdo de paz firmado el 24 de noviembre de 2016 entre el Estado colombiano y la entonces activa guerrilla de las FARC.
La iniciativa incluía negociaciones con grupos armados que aún operan en el país caribeño, como el Clan del Golfo y la guerrilla del ELN; reparación de las víctimas; reforma agraria y un cambio de enfoque en el abordaje de la lucha contra el narcotráfico, eliminando la estigmatización contra los campesinos que se ven obligados a sembrar coca y abordando el consumo de drogas como un asunto de salud pública.
Su predecesor, el derechista Iván Duque, fue criticado por implementar el acuerdo de paz de manera lenta y selectiva. Además, un reporte de la fundación Ideas para la Paz había señalado que, tras cuatro años del Gobierno de Duque, se evidenció un fortalecimiento de los grupos armados, un aumento del 7% en la tasa de homicidios y un incremento del 105% en el número de masacres.
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Al reflexionar sobre el balance de la política de seguridad del Gobierno de Gustavo Petro en estos cuatro años, Kyle Johnson, experto en el conflicto colombiano y director académico de la Fundación Conflict Responses (Core), afirma a France 24 en Español que “se hizo un esfuerzo en crear una política de seguridad con la sociedad civil, el Gobierno y muchos sectores, pero quedó en un papel, literalmente en un papel”.
Para el análisis, visualiza tres momentos: el primero, que dura entre seis y nueve meses, para crear el texto con la propuesta. En esta instancia, la violencia parece dar un respiro.
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En el segundo se agudiza una tensión entre paz y seguridad. Tiene un alcance de casi dos años y cuenta con varios acuerdos de alto el fuego con distintos grupos armados, pero “no hay una política clara para ese mundo tan gris que tenemos en Colombia entre seguridad, conflicto armado y crimen organizado”, explica.
El tercer momento llega con la designación de Pedro Sánchez como ministro de Defensa, el primero no civil en ocupar el puesto en 30 años. Se adopta una política de seguridad tradicional, similar a la de los expresidentes Iván Duque y Juan Manuel Santos. Petro argumenta su definición en que la inseguridad afecta en términos políticos y quiere presionar a los grupos armados.
“En ninguno de los tres momentos la cosa ha funcionado bien. No tenemos los resultados que queríamos. Ahora, el resultado ha sido el mismo que pasó en el Gobierno de Duque”, sintetiza el experto.
Luego del mencionado acuerdo de paz con las FARC, otros grupos armados incrementaron su presencia en los territorios que antes ocupaba la histórica guerrilla. Se creó un escenario de dispersión, con diversas dificultades para negociar.
Para, Hernando Gómez Buendía, académico y autor del libro ‘Colombia después de Petro’, el problema justamente para una solución negociada de la paz «es que hoy en Colombia ya no hay violencia política, lo que hay es narcotráfico. Colombia tiene un problema igual al que tiene el Ecuador, eso no es una guerrilla. Eso tampoco es paramilitarismo. Eso es narcotráfico».
¿Petro fue presa de su propio objetivo por ser demasiado ambicioso? “Sin duda fue muy ambicioso, pero no es el primer presidente en intentar la paz con todos los grupos; Santos también lo intentó”, apunta Johnson y agrega:
“Una serie de errores, cálculos y decisiones lo hizo más difícil de lograr aún: varias negociaciones al mismo tiempo, falta de criterios para comprender quiénes están en las mesas, apertura de diálogos solo por abrirlos y falta de coordinación”.
De todas formas, asegura que la existencia de todos los grupos obliga a pensar en la opción de negociar con todos, “especialmente cuando algunos de ellos dicen ‘pues sí, yo dejo las armas, luego vienen tres más y me matan’”. Desde su perspectiva, la “paz total” es una idea ambiciosa, pero no equivocada. “El cómo se vuelve aún más importante. Yo creo que cualquier presidente a futuro va a tener que considerar esa opción”.
El legado de las reformas económicas y sociales
Reducir la pobreza y mejorar las condiciones de trabajo a través del impulso de reformas sociales es el otro gran objetivo que se trazó el líder del izquierdista Pacto Histórico. Con un Congreso heterogéneo y, por momentos, adverso, tuvo que ajustar su pericia para la negociación política de tres grandes cambios: en materia pensional, laboral y de salud.
Parte de los efectos de estas normativas dependen de su implementación y necesitan tiempo para poder hacer una evaluación. Mientras tanto, en cuanto a los resultados económicos y sociales de su Gobierno, sus partidarios suelen repetir que la tasa de desempleo del país fue la más baja en lo que va del siglo y que la pobreza monetaria pasó de 36,6% en 2022 a 31,8% en 2024; la pobreza monetaria extrema, de 13,8% a 11,7% en el mismo periodo, y la pobreza multidimensional, de 12,9% en 2022 a 9,9% en 2025.
«Este Gobierno ha impulsado una visión económica basada en la reducción de brechas y la justicia social, pero enfrenta desafíos importantes para sostener el modelo. Por lo tanto, las reformas estructurales que requiere el país pasan por la necesidad de alcanzar legitimidad política y respaldo en los escenarios legislativos, de control constitucional y también, por supuesto, de la percepción ciudadana y la opinión pública», explica Isabella Marín Jiménez, profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales y docente de la Escuela de Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Buenaventura Cali, en diálogo con France 24 en Español.
Varios especialistas apuntan a que parte del éxito del Pacto Histórico en las elecciones legislativas de marzo de 2026 y las buenas proyecciones que obtiene su candidato presidencial, Iván Cepeda, en los sondeos están sustentadas en el aumento del 23% al salario mínimo decretado por Petro a fines del año pasado y en las implicaciones de la reforma laboral.
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En efecto, con el actual Gobierno se comenzó a implementar de manera gradual el pago de horas extras, dominicales y festivos al 100%, entre otras medidas que modifican las condiciones laborales de los empleados en Colombia.
«Muchos dicen que es una medida populista, que (Gustavo Petro) está pensando en las elecciones, pero yo creo que desde la perspectiva de la política económica es el resultado de una posición teórica según la cual, quien produce el valor en las relaciones capitalistas de producción es el trabajo, es la fuerza de trabajo de las personas, no tanto los medios de producción ni tampoco los poseedores del capital», asegura a France 24 en Español Christian Fajardo, doctor en Filosofía y profesor asociado en la Pontificia Universidad Javeriana.
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Por el lado de los cuestionamientos, los detractores del mandatario colombiano recuerdan que cinco de cada diez trabajadores están afectados por la informalidad y cuestionan la conformación de presupuestos altos y desfinanciados, un crecimiento económico que estuvo por debajo del promedio, deterioro fiscal y el “desplome” de la inversión.
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Panorama exterior: Venezuela, Ecuador y el desafío Trump
La narrativa de Gustavo Petro no tardó en hacerse notar en el exterior al llegar al poder hace cuatro años. Al poco tiempo de comenzar su mandato, brindó un discurso en la ONU con una agenda centrada en medio ambiente, combate al narcotráfico y justicia social. Sus posturas lo pusieron en sintonía con el círculo progresista y de izquierda del mundo, pero a la vez lo distanciaron de socios históricos como Estados Unidos.
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Uno de sus principales desafíos en política exterior se ubicó en su frontera oriental. A su llegada al poder, en 2022, el vínculo con Venezuela estaba roto y Petro marcó diferencias con Maduro, pero el gobierno del Pacto Histórico decidió un cambio de enfoque. Así comenzó el deshielo con Miraflores y se retomó un paulatino reencuentro diplomático y comercial entre dos países vecinos.
«Desde una perspectiva geopolítica, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Bogotá y Caracas representó un giro estratégico después de años de ruptura institucional durante el Gobierno de Iván Duque. La reapertura de fronteras y canales diplomáticos permitió recuperar mecanismos de cooperación bilateral y desarrollo fronterizo», considera Marín Jiménez.
Las cuestionadas elecciones en Venezuela marcaron un nuevo desafío para la Casa de Nariño. La oposición denunció fraude y las autoridades electorales nunca mostraron las actas del triunfo de Nicolás Maduro. Petro intentó mantener el equilibrio y se alineó con Brasil para desconocer el resultado, pero sin romper relaciones con Caracas.
Este año, se abrió un nuevo capítulo de la relación. El pasado 24 de abril, el líder colombiano fue el primer mandatario extranjero en visitar en Caracas a Delcy Rodríguez, desde que esta quedó a cargo en lugar de Nicolás Maduro. Justamente, Petro había condenado la captura por parte de EE. UU. de Maduro.
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En tanto, el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca mostró un cambio de tendencia en la relación de Estados Unidos con Colombia.
El primer altercado llegó con los vuelos de deportación. Petro criticó que los colombianos deportados fueran esposados. La disputa se enconó cuando Trump le respondió que era un “narcotraficante” y le subió los aranceles a la nación cafetera. Tras horas de disputa, la diplomacia logró suspender las sanciones tarifarias, pero la crispación no se terminó.
«Desde la llegada de Trump a su segundo periodo presidencial, esta relación se marcó por un oleaje emocional y político arraigado en las diferencias ideológicas de ambos presidentes: Petro, como férreo crítico, prometió un cambio drástico en las maneras de relacionamiento con Estados Unidos para que Colombia disminuyera su dependencia y dejara de ser considerada su ‘patio trasero'», reflexiona Marín Jiménez.
Aumentando la tensión, muy crítico de la ofensiva de Israel en Gaza, el líder colombiano dio un acalorado discurso en las calles de Manhattan para pedir a los militares estadounidenses que no acataran órdenes de bombardeos a la población civil. En respuesta, Washington lo incluyó en la ‘Lista Clinton’ con sanciones comerciales, financieras y reputacionales.
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Desde la perspectiva de Fajardo, el cuestionamiento de Petro a las guerras en Medio Oriente está ligado a una lógica de «acumulación por desposesión». Esto implica pensar cómo «desestabilizamos una región para reinventar nuevos negocios y circular mejor el dinero. Yo creo que en la política exterior, Colombia ha intentado plantear los peligros que trae consigo este tipo de agresiones unilaterales».
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Luego, llegaron los ataques del Pentágono a las embarcaciones supuestamente con droga en el Caribe. Petro aseguró que asesinaban pescadores de su país.
A los pocos días de comenzar 2026, Estados Unidos bombardeó por primera vez en la historia una capital suramericana, Caracas, y se llevó a su presidente, Nicolás Maduro. Trump amenazó a Petro con que “sería el próximo”. La diplomacia volvió a hacer su trabajo y ambos mandatarios se reunieron en el Despacho Oval, una cita considerada un éxito por los dos presidentes.
Marín Jiménez considera que a partir de este episodio «el presidente Gustavo Petro cambió el tono de su relacionamiento con Estados Unidos y permitió que la diplomacia recuperara los canales diplomáticos oficiales para que ambos presidentes llegaran a un entendimiento mutuo».
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Los últimos episodios de tensión regional han sido en la frontera suroccidental. Su par ecuatoriano, Daniel Noboa, inició una guerra arancelaria a la que Colombia le correspondió. La tensión creció con denuncias cruzadas por hechos de violencia en regiones controladas por grupos armados. La diplomacia de ambos países ha intentado desescalar los conflictos que generaron las duras declaraciones de sus mandatarios.
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De esa forma, buena parte de la política exterior de Colombia durante el Gobierno del Pacto Histórico estuvo condicionada por el retorno del republicano al poder en Estados Unidos, en un contexto de fuerte injerencia en Venezuela y el Caribe. Y en correspondencia con su estilo, Petro respondió con narrativas extensas y formas confrontativas que fue matizando con sus diplomáticos.
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