Internacionales
“Las cosas no cambian, así que hay que recurrir a medidas drásticas”: protestas distintas convergen en París
“¡No se dispersen! ¡No vamos a dejarnos joder por el gas!”. Con una bandera azul, blanca y roja en alto, este manifestante avanza a contracorriente de una multitud que huye a grandes zancadas de los gases lacrimógenos que acaban de lanzar las fuerzas de seguridad.
A primera hora de la tarde de este sábado 17 de octubre, la plaza de la República ya está abarrotada. Los accesos a la plaza están controlados por gendarmes, que revisan y confiscan, bolso por bolso, cualquier objeto que, según ellos, pueda suponer un riesgo.
“Se quitan las máscaras y, si tienen alguna en sus bolsos, la sacan. ¡Las máscaras, no!”, le dice un gendarme a una manifestante que lleva una simple mascarilla quirúrgica para protegerse de los gases lacrimógenos lanzados un poco más lejos. “Una orden de la Prefectura prohíbe las máscaras”, añade el agente que controla la fila de al lado. “¡Con el suero fisiológico, lo mismo! ¡Prohibido!”.
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Despojados de los elementos destinados a garantizarles un mínimo de protección, los manifestantes se suman a la concentración a los pies del Monumento a la República. Allí, a ambos lados de la estatua, el contraste es llamativo. Frente a ella, una banda de música marca el ritmo para numerosos manifestantes que levantan sus pancartas en un ambiente festivo, entre cánticos que piden la dimisión de Emmanuel Macron o recuerdan que “la juventud manda a la mierda al Frente Nacional”; a espaldas de la estatua, la tensión es más palpable. Algunos manifestantes lanzan fuegos artificiales en dirección a las fuerzas de seguridad, que responden con granadas lacrimógenas. Cada vez más numerosas y cada vez más lejos, hacia el interior de la plaza.
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“Romper con el liberalismo”
“¡Suero fisiológico! ¡No corran!”, grita un manifestante mientras levanta los brazos para hacerse visible ante quienes huyen de los gases, con los ojos enrojecidos y los rostros bañados en lágrimas.
A quienes se detienen para recibir ayuda, Damien, de 25 años, les aplica una solución casera para aliviar el ardor provocado por el gas. “Es una mezcla de agua y Maalox (un medicamento de venta libre normalmente indicado contra los dolores de estómago, N. de la R.)”, explica, y añade que lleva varios recipientes más en su mochila. “Busqué recetas para poder ser útil, soy una especie de ‘street medic’ aficionado”, continúa mientras reparte dosis que también preparó él mismo.
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El joven terminó sus estudios y actualmente busca empleo. Si está allí este sábado es para apoyar las reivindicaciones “contra el alto costo de vida, la destrucción de los servicios públicos, contra el envío de material militar a Israel y para apoyar al pueblo palestino”, enumera detrás de su mascarilla FFP2.
“En definitiva, todas las reivindicaciones de la izquierda de ruptura, que quiere romper con el liberalismo que conocemos en Francia desde hace ya 40 años”.
“Las cosas no cambian, así que hay que recurrir a medidas drásticas”, afirma por su parte Lina, que sostiene entre sus manos una pancarta en la que se lee: “¡Ahogaron a nuestros antepasados, no nuestra memoria! 17/10/1961-17/10/2026”.
El lema, acompañado de una pequeña bandera argelina, hace referencia a la represión mortal por parte de la Policía francesa de una manifestación pacífica de argelinos el 17 de octubre de 1961 en París. “Como nosotros, ellos se manifestaban por sus derechos y los hicieron callar de la peor manera”, continúa la joven de 21 años. “¡La violencia policial nunca terminó!”.
Estudiante de Ciencias de la Educación, Lina quiere ser maestra de escuela. “Me manifiesto por mi hermano pequeño, que está en la secundaria, pero también por los futuros niños a los que voy a enseñar”.
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“Francia en cuidados paliativos”
La movilización del 17 de octubre pretendía ser una concentración de “convergencia de luchas” y lo cierto es que, tanto en la plaza de la República como en la entrada del bulevar de Magenta —desde donde la marcha comienza a avanzar alrededor de las 14:00—, los distintos grupos y pancartas reflejan la diversidad de las reivindicaciones.
Con una bata blanca en la que se lee “enfermera movilizada”, Johanna lleva una gran pancarta con la frase: “Hospitales públicos agonizantes, Francia en cuidados paliativos”.
“Nuestras condiciones de trabajo son cada vez peores. El Gobierno no hace nada para cambiar la situación, que sigue empeorando”, denuncia. “No somos suficientes enfermeros, se cierran camas, estamos obligados a trabajar más, con cada vez más pacientes, pero sin más recursos… Nuestros equipos están defectuosos: eso retrasa la atención de los pacientes y los diagnósticos también pueden verse afectados… Así que me manifiesto para que las cosas cambien y para que se destine más dinero a los servicios públicos”.
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En la marcha, que avanza alegremente, por momentos al ritmo de la banda y por momentos impulsada por música techno, cada uno entona su propia consigna. Pero todos —profesionales de la salud, profesores, jubilados e incluso algunos chalecos amarillos— siguen, sin llegar nunca a eclipsarla, a la “juventud”.
“Madre solidaria”, “hay que dejar hablar a los chicos, no hay nada más verdadero que la voz de los niños”, “¡dejar tuertos a los niños es sumirnos en la oscuridad!”, puede leerse aquí y allá.
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Cerca de los altavoces que reproducen música, algunos adolescentes improvisan pasos de baile entre los aplausos de los manifestantes que los rodean y los ánimos de sus compañeros para que comiencen una de esas famosas “batallas de aura”.
Ya lejos, detrás de ellos, en la plaza de la República, arden automóviles y continúan los enfrentamientos entre nubes de gases lacrimógenos. Dos caras de una misma protesta, en la que la fiesta no borra en absoluto la ira.
Este artículo es una adaptación de su original en francés.
