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El nuevo pulso mundialista entre Argentina e Inglaterra, 40 años después de “la mano de Dios”
“Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?”.
El relato en la voz del mítico narrador Víctor Hugo Morales se ha convertido en la banda sonora de uno de los momentos más emocionantes en la historia del fútbol, el llamado “gol del siglo” de Diego Maradona para poner a Argentina 2-0 frente a Inglaterra en los cuartos de final de México 86.
La carrera mágica del ‘Pelusa’ dejando regados a seis jugadores ingleses, recuperando el equilibrio cuando la fuerza de gravedad lo llamaba desde el césped del Estadio Azteca, acelerando cuando faltaba el aliento en las alturas de Ciudad de México, fue la estocada perfecta de la revancha soñada de la Albiceleste, cuatro años después de que Reino Unido plantara su bandera en las Malvinas.
El duelo finalmente terminó 2-1 (con descuento de Gary Lineker), e incluyó la famosa “mano de Dios”, el cabezazo en el que Maradona se ayudó con el puño para batir en el salto al portero Peter Shilton, 20 centímetros más alto.
Argentina-Inglaterra es un libro de pocos capítulos, solo cinco duelos en la historia de los Mundiales. El sexto se escribirá este 15 de julio, pero desde ya se anticipa con la pasión de los amantes del cine que esperan el estreno de la última entrega de su saga favorita.
No en vano las entradas para esta semifinal duplican el costo de las boletas disponibles para la otra, Francia-España, aunque esta concentra a varias de las figuras más importantes del fútbol, como Kylian Mbappé y Lamine Yamal: nadie quiere perderse el choque más esperado en la cartelera mundialista.
“Con la cabeza de Maradona y la mano de Dios”
Era 22 de junio de 1986. La Albiceleste venía de derrotar a Uruguay en octavos de final, mientras que Inglaterra había eliminado 3-0 a Paraguay.
Cuatro años y ocho días antes, el general Mario Benjamín Menéndez, comandante conjunto de las Malvinas, firmaba la rendición ante el comandante de las fuerzas terrestres de Reino Unido, Jeremy Moore, y las islas volvían a convertirse en Falkland, un territorio británico de ultramar.
En total, 649 soldados argentinos habían muerto en unas pocas semanas de conflicto, así como 255 británicos. Las relaciones diplomáticas entre los dos países todavía estaban interrumpidas.
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La afrenta era demasiado reciente como para que el partido de cuartos de final en un Mundial de fútbol pudiera sustraerse de ser vivido como una reanudación de las hostilidades. Dos jugadores de la selección argentina, Jorge Burruchaga y Carlos Tapia, habían cumplido el servicio militar, pero no fueron llamados al frente, al menos no al de las Malvinas.
“¿Sabés la cantidad de veces que pensé que podía viajar a las Malvinas? Después de la guerra, seguí yendo tres semanas al regimiento, hasta que nos dieron la baja, y en ese tiempo nos preguntábamos con los otros conscriptos: «¿Te acordás de fulano?, murió». «¿Y te acordás del otro? También murió», relataría luego Burruchaga, que formaba parte del Regimiento Patricios en Palermo, Buenos Aires, durante el conflicto.
De la clase 62, la generación de reclutas a la que pertenecía Burruchaga, salieron la mayoría de los jóvenes convocados a tomar las armas en las Malvinas.
Ese 22 de junio, Argentina tenía a Maradona, que estaba forzando los límites del asombro con su magia, pero también convirtiéndose en un fenómeno sociológico.
Vestido de azul claro con el Napoli, estaba reivindicando al sur depauperado y postergado de Italia, elevando al equipo a su época dorada. Uniformado de albiceleste con Argentina, era la promesa de otro tipo de revancha histórica.
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Inglaterra tenía a Gary Lineker, que había marcado cinco goles en un torneo en el que terminaría como líder artillero, incluyendo el segundo ‘hat trick’ más rápido en la historia de los Mundiales, 25 minutos de furia para demoler a la Polonia de Zbigniew Boniek.
Lineker acababa de firmar contrato para unirse después del Mundial al Barcelona, el equipo en el que Maradona se había mostrado a Europa por primera vez. La línea de sucesión de la delantera blaugrana se convertía en otro de los puntos en los que los héroes rivales se cruzaban de camino a esos cuartos de final.
Los dos goles más icónicos de la historia de los Mundiales se convirtieron ese día, ambos por el mismo pequeño regordete argentino.
El primero fue la “Mano de Dios”. Corría el minuto 51: Julio Olarticoechea avanzó por la izquierda y habilitó a Maradona, quien pasó la pelota entonces a Jorge Valdano, pero éste no alcanzó a conectar. Steve Hodge intentó despejar hacia Shilton para cortar la jugada, pero no advirtió que Maradona se había internado en el área para completar el histórico cabezazo.
Los jugadores ingleses hicieron de inmediato el gesto de “mano” para advertir al árbitro tunecino Ali Bin Nasser que Maradona había usado su puño, pero el gol no fue anulado.
Con el tiempo, Bin Nasser confesaría que esperaba que el asistente Bogdan Dotchev le indicara si efectivamente había visto la mano, y Dotchev respondería que sí había observado “algo irregular”, pero que en esa época un linier no estaba facultado para “discutir las decisiones del árbitro”.
Años más tarde, Maradona reconocería que el gol fue hecho “con la cabeza de Maradona, pero con la mano de Dios”.
El segundo fue “el gol del siglo”, cuatro minutos más tarde, casi 60 metros de carrera en solitario por la banda derecha y alucinantes regates en los que Maradona dejó regados a cinco jugadores ingleses, tras recibir un pase de José Luis Cucciufo en su propia mitad, antes de eludir también a Shilton y rematar un tiro rasante a las espaldas del portero.
Tal fue el impacto de ese partido, que la camiseta de Maradona, intercambiada con Hodge después del pitazo final, se convirtió 36 años después en el artículo deportivo más caro de la historia, cuando fue subastado por 9,3 millones de dólares en 2022.
En el fútbol argentino, el resultado sirvió para zanjar un debate histórico. César Luis Menotti, el técnico campeón en Argentina 78, había criticado a Carlos Salvador Bilardo, el de 1986, por entregarle la banda de capitán a Maradona, a quien él se había negado a convocar para en 1978, a pesar del enorme talento que a los 17 años mostraba ya en las filas de Argentinos Juniors.
Lo calificaba de “barrilete”, el nombre que en su país se da a los cometas o papalotes, ese juguete infantil gobernado por el viento, pero incontrolable para quien lo dirige. De allí salió la famosa narración de “barrilete cósmico” y decenas de metáforas en los medios de la época, que pasaron a tomar el carácter díscolo de Maradona como alas para el equipo, en lugar de la connotación de lastre que le daba Menotti.
Tres noches sin dormir, más de seis décadas de historia
El primer choque entre Argentina e Inglaterra en los Mundiales de fútbol se produjo en Chile 1962. Se saldó con victoria 3-1 para el equipo de los Tres Leones, con goles de Ron Flowers, Jimmy Greaves y Bobby Charlton, que cuatro años más tarde sería Balón de Oro y héroe de la única corona global de los británicos.
Pero el duelo en el que comenzó a tejerse la histórica rivalidad que tuvo su punto culminante en 1986, llegó precisamente en el Mundial inglés, cuando volvieron a encontrarse, esta vez en cuartos de final, con la catedral, Wembley, como telón de fondo.
Inglaterra dominó con un gol de Geoff Hurst al minuto 78, que los argentinos protestaron asegurando que había sido convertido mientras el jugador estaba fuera de lugar.
Fue un partido en el que abundaron los golpes, los codazos, los halones de cabello, incluso los escupitajos, según la versión de los ingleses. Su técnico, Alf Ramsey, llegó a calificar luego a los argentinos de “animales”, por su agresividad en el campo.
Pero el momento que definió ese duelo no vino ni de un gol ni de una falta. El capitán argentino Antonio Ubaldo Rattín reclamó una decisión arbitral y el juez alemán Rudolf Kreitlein decidió expulsarlo, supuestamente por haberlo insultado.
Ni el árbitro hablaba español ni Rattín hablaba alemán, pero luego el colegiado explicaría que por las “malas miradas” que le dirigió el capitán albiceleste, pudo deducir que su protesta había incluido palabras altisonantes.
No existían las tarjetas rojas y Rattín tardó ocho minutos en abandonar el campo. En señal de protesta, se sentó sobre la alfombra roja del palco de la reina, negándose a dejar el partido.
La manifestación duró hasta que un intérprete saltó al campo para explicarle la situación y la policía entró para escoltarlo fuera del terreno. Al salir, Rattín estrujó el banderín de córner, que tenía los colores de la bandera británica.
Ese episodio fue el origen de las tarjetas amarilla y roja como las conocemos hoy en día, y también el germen de la tensión con las que se viven los duelos entre estas selecciones hasta nuestros días.
Rattín murió el 11 de julio a los 89 años, y esa fue la razón por la que los jugadores argentinos llevaron un brazalete negro en el partido contra Suiza.
El siguiente capítulo fue en México 86, con las Malvinas como combustible para la rivalidad. Luego volvieron a encontrarse en los octavos de final de Francia 98 en Nantes, con dos protagonistas del duelo de 1986 sentados en los banquillos de ambos equipos: Daniel Passarella con Argentina y Glenn Hoddle con Inglatera.
Antes del partido, Hoddle recordó el efecto que “la mano de Dios” había tenido sobre él: «Por culpa de ese gol de Maradona con la mano estuve tres noches sin dormir», confesó a los medios.
Luego agregaría: «De algo estoy seguro: si Maradona no marcaba el gol con la mano, el partido hubiera sido diferente, porque Inglaterra no hubiese dado tantas ventajas y, tal vez, Maradona no habría tenido tantos espacios para correr con la pelota dominada y anotar ese golazo”, en alusión al llamado “gol del siglo”.
No hubo venganza. El tiempo regular terminó con empate 2-2. Inglaterra se quedó con 10 hombres, luego de la expulsión de David Beckham, que desde el suelo lanzó una patada contra Diego Simeone, molesto por una falta del ‘Cholo’.
El portero Carlos Roa fue el héroe en los penales, al atajar los disparos de Paul Ince y David Batty, aunque el equipo no sobreviviría mucho tiempo, eliminado en cuartos de final por Países Bajos.
La última vez que se encontraron fue en Corea del Sur-Japón 2002, cuando Beckham se encargó de enmendar el error de cuatro años antes, y marcó el penal que definió el triunfo inglés por 1-0 y la eliminación argentina en fase de grupos, la primera que el equipo sufría en 40 años.
Una generación de exploradores
De los otros seis equipos que han sido campeones mundiales de fútbol, Inglaterra es el único al que no ha enfrentado ni vencido el grupo de jugadores que integran la selección monarca defensora encabezada por Lionel Messi.
La última vez que los dos se encontraron fue en un partido amistoso en 2005, ganado por los ingleses. Messi todavía no debutaba en la selección adulta, mucho menos jugadores al menos 10 años más jóvenes como Julián Álvarez o Enzo Fernández.
«Jugué contra todos menos contra Inglaterra y es especial porque es una selección grande, una potencia y siempre es lindo jugar contra una selección así, más en una semifinal de un Mundial», declaró Messi tras la victoria del 11 de julio sobre Suiza.
La palabra del capitán le baja la temperatura a una rivalidad que históricamente ha sacado chispas, lo mismo que la afirmación del técnico Lionel Scaloni de que el encuentro es «solo un partido de fútbol».
Ello no significa, sin embargo, que la llama esté extinguida cuando se midan este miércoles en el césped del estadio Mercedes Benz de Atlanta.
Con Reuters, AFP y medios locales
