Salud
Hospitales del miedo cotidiano
Por Dr. Roberto Lafontaine
Profesor universitario y exdirector de hospitales.
Una sociedad donde enfermarse implica miedo, endeudamiento, incertidumbre y resignación no enfrenta únicamente una crisis hospitalaria. Enfrenta algo mucho más profundo: la normalización política y cultural de la inseguridad social.
Tal vez ahí se encuentre una de las claves menos discutidas sobre lo que hoy ocurre dentro de los hospitales públicos dominicanos.
Durante años se ha construido una narrativa de modernización sustentada en inauguraciones, remozamientos, expansión de áreas físicas y adquisición de equipos. Sin embargo, mientras el discurso oficial habla de fortalecimiento, la experiencia concreta de miles de personas sigue organizada alrededor de largas esperas, saturación, agotamiento humano, incertidumbre, desorganización, improvisación, miedo silencioso y sensación de abandono.
La contradicción no es menor.
Porque un hospital no se transforma simplemente mostrando áreas nuevas o instalando tecnología aislada. Un hospital expresa el tipo de sociedad que lo produce, las prioridades políticas que lo organizan y el lugar que ocupa la vida humana dentro del modelo sanitario dominante.
Y justamente ahí comienza el verdadero problema.
La matriz de valoración hospitalaria VCE-GPSS, diseñada para evaluar integralmente las condiciones mínimas de atención, establece que una institución requiere alcanzar al menos un 80% para ofrecer niveles mínimos aceptables de seguridad al paciente. Por debajo de ese umbral, la capacidad de producir eventos adversos comienza a incrementarse progresivamente.
Y cuando los niveles descienden entre un 40% y un 60%, técnicamente las instituciones deberían ser sometidas a intervención estructural profunda debido al riesgo acumulado que representan para la población.
Sin embargo, múltiples evaluaciones realizadas dentro de la red pública apenas rondan promedios cercanos al 55%.
El dato es demoledor.
Porque revela algo más grave que un simple déficit administrativo: la institucionalización progresiva de condiciones inseguras de atención dentro del principal espacio de protección sanitaria de la población más vulnerable.
Ahí el deterioro deja de ser accidental.
Y comienza a aparecer como consecuencia estructural de un modelo sanitario que durante años ha priorizado fragmentación, contención mínima, administración permanente de precariedades, modernización selectiva y visibilidad política de ciertas intervenciones por encima de la transformación integral de las condiciones reales de atención.
Tal vez por eso gran parte de la población ya no entra al hospital con sensación de protección, sino con ansiedad anticipada.
La gente sabe —aunque no utilice lenguaje técnico— que dentro del hospital pueden faltar camas, medicamentos, respuestas, coordinación, información, personal suficiente o simplemente condiciones mínimas de dignidad para atravesar la enfermedad.
Y cuando esa experiencia se repite durante años, termina produciendo algo mucho más peligroso que el deterioro físico de los hospitales: produce subjetividades adaptadas a la inseguridad institucional.
Ese fenómeno fue captado de forma intuitiva por aquella periodista que describía cómo muchas personas terminan dejando “en manos de Dios” lo que debería depender de condiciones organizadas de protección sanitaria.
El problema no es la fe.
El problema es lo que la frase revela: una sociedad que comienza a naturalizar que sobrevivir la experiencia hospitalaria depende más de la providencia, de un contacto o de la suerte que de la capacidad organizada del sistema.
Ahí el deterioro hospitalario deja de ser únicamente sanitario.
Se convierte en pedagogía social de resignación.
Porque cuando las personas aprenden a esperar sin garantías, agradecen precariedades mínimas, normalizan el hacinamiento, aceptan comprar fuera lo que el hospital no ofrece, reorganizan su economía familiar alrededor de la enfermedad o asumen que deberán “resolver” para recibir atención, lo que está ocurriendo no es simplemente una falla hospitalaria.
Es la transferencia silenciosa del costo material, emocional y humano de la crisis hacia las familias.
Y ahí emerge otra dimensión que pocas veces se menciona: la inseguridad hospitalaria también destruye estabilidad económica cotidiana.
Cada medicamento comprado fuera, traslado repetido, día laboral perdido, acompañante agotado, endeudamiento inesperado o gasto improvisado para sostener la atención expresa cómo el deterioro hospitalario termina reorganizando la economía de los hogares alrededor de la sobrevivencia.
Por eso el problema hospitalario no puede reducirse a infraestructura ni a gestión.
Estamos frente a un fenómeno mucho más profundo: la producción social de inseguridad dentro de los espacios llamados a proteger la vida.
Y quizás la señal más inquietante sea que gran parte de la sociedad parece haber comenzado a acostumbrarse emocionalmente a ello.
Porque cuando un pueblo aprende a convivir con el miedo de enfermarse y con la incertidumbre de no saber qué ocurrirá al llegar a un hospital público, tal vez el problema ya no sea únicamente sanitario.
Tal vez lo que comenzó a deteriorarse fue la propia idea de protección colectiva.
El autor es miembro del Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional y Soberanía Sanitaria (CLACSO).
