Salud
La clave del envejecimiento saludable podría estar en tres hábitos simples
Dra. Christina Hayes , profesora adjunta del Centro de Investigación sobre el Envejecimiento de la Universidad de Limerick
LIMERICK, IRLANDA/ DIARIO DE SALUD.— La fragilidad en la vejez se ha consolidado como uno de los conceptos más importantes en la medicina geriátrica moderna. Lejos de ser una consecuencia inevitable del envejecimiento, se entiende hoy como un estado clínico dinámico que incrementa el riesgo de hospitalización, discapacidad, recuperación lenta tras enfermedades o cirugías, institucionalización y muerte.
Pero una idea empieza a cambiar la conversación: la fragilidad no es un punto de no retorno.
Especialistas en envejecimiento, entre ellas Ide O’Shaughnessy, Christina Hayes y Katie Robinson, de la Universidad de Limerick, sostienen que intervenciones relativamente simples —actividad física regular, alimentación adecuada y conexión social significativa— pueden modificar de forma relevante la trayectoria de este estado.
Un cuerpo con menos “reserva”
La fragilidad se describe como una disminución de la reserva fisiológica del organismo, es decir, la capacidad del cuerpo para responder a situaciones de estrés como infecciones, caídas, cambios de medicación o incluso unos días de reposo.
En términos prácticos, esto significa que un evento aparentemente menor puede provocar una pérdida repentina de independencia en una persona mayor frágil, mientras que otra más robusta puede recuperarse con rapidez.
“La forma en que envejecemos puede variar enormemente, incluso entre personas de la misma edad”, se desprende del análisis de los investigadores publicado en The Conversation
Dos formas de entender la fragilidad
El concepto de fragilidad se aborda principalmente desde dos modelos clínicos.
El primero la define como un síndrome físico caracterizado por debilidad, fatiga, pérdida de peso involuntaria, lentitud al caminar y baja actividad física. Las personas pueden clasificarse como “prefrágiles” o “frágiles” según la presencia de estos signos.
El segundo enfoque la entiende como la acumulación progresiva de problemas de salud: enfermedades crónicas, deterioro sensorial, dificultades cognitivas, malnutrición o aislamiento social. Todo ello reduce la capacidad del organismo para enfrentar eventos estresantes.
Ambos modelos coinciden en un punto clave: la fragilidad no depende solo de la edad, sino de múltiples factores biológicos, clínicos y sociales.
Un espectro más que una etiqueta
Durante años, la fragilidad fue tratada como una condición binaria: se es frágil o no se es. Sin embargo, la evidencia actual la describe como un espectro que va desde la robustez hasta la fragilidad severa, con estados intermedios y posibles transiciones en ambas direcciones.
Un estudio que incluyó a más de 42.000 adultos mayores mostró que, en un seguimiento de casi cuatro años, cerca del 14% mejoró su estado de fragilidad, mientras que casi el 30% empeoró. Más de la mitad permaneció estable.
Estos datos refuerzan una idea clave: la fragilidad es dinámica.
Intervenir antes de la pérdida funcional
El reconocimiento de que la fragilidad puede modificarse ha cambiado la práctica clínica. Hoy, la evaluación de este estado es habitual en mayores de 65 años en muchos sistemas de salud, con énfasis en aspectos físicos, cognitivos y sociales.
Las intervenciones más eficaces comienzan temprano, cuando aparecen señales como disminución de actividad, fatiga o pérdida de peso involuntaria.
El ejercicio de fuerza —como pesas, bandas elásticas o el propio peso corporal— al menos dos veces por semana se asocia con mejoras significativas en la función física. Estos efectos se potencian cuando se combinan con una nutrición adecuada y estimulación cognitiva.
Evidencia desde la intervención
Un ensayo clínico en Irlanda, centrado en adultos mayores con fragilidad leve, evaluó un programa domiciliario que combinaba ejercicios de fortalecimiento, caminatas y orientación nutricional sobre proteínas.
Los resultados mostraron una reducción de los niveles de fragilidad del 17,7% al 6,3% en solo tres meses en el grupo de intervención, mientras que en el grupo de atención habitual se observó un ligero aumento.
El peso de lo social y lo psicológico
La recuperación de la fragilidad no depende únicamente del cuerpo. Estudios en adultos mayores de 75 años muestran que la participación social, la percepción positiva de la salud, la confianza comunitaria y la interacción frecuente con vecinos se asocian con mayores probabilidades de mejora.
También influyen las funciones cognitivas y la resiliencia psicológica, entendida como la capacidad de adaptarse al estrés y recuperarse de la adversidad.
Una condición que puede cambiar su curso
En conjunto, la evidencia sugiere que la fragilidad no es un estado fijo, sino una condición que puede prevenirse, ralentizarse o incluso revertirse parcialmente.
Las decisiones cotidianas —actividad física, alimentación, vínculos sociales y sentido de propósito— se consolidan como factores determinantes en la forma en que envejecemos.
Referencia:
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Ide O’Shaughnessy , profesora asociada de la Facultad de Ciencias de la Salud Afines de la Universidad de Limerick ; Christina Hayes , profesora adjunta del Centro de Investigación sobre el Envejecimiento de la Universidad de Limerick , y Katie Robinson , profesora de Terapia Ocupacional de la Universidad de Limerick.
