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Más allá de la diplomacia: ¿qué implica que Canadá se convierta en “miembro asociado” de la UE?
La primera clave para entender la propuesta es que “miembro asociado” no es una categoría jurídica contemplada actualmente por los tratados de la Unión Europea. Por tanto, Canadá no ha adquirido ningún nuevo estatus por el anuncio de Ursula von der Leyen. Lo que existe, por ahora, es una propuesta política de la presidenta de la Comisión Europea para explorar una relación inédita.
Von der Leyen planteó el miércoles, durante su discurso anual sobre el Estado de la Unión en Estrasburgo, trabajar con el primer ministro canadiense, Mark Carney, para abrir la puerta a que Canadá sea el primer Estado asociado del bloque. Carney, que estaba presente en el Parlamento Europeo, ha respaldado el objetivo de profundizar los vínculos con Europa, aunque ha dejado claro que Canadá no busca convertirse en miembro pleno de la UE.
La propuesta, por tanto, debe entenderse como el inicio de una negociación y no como la creación inmediata de una nueva categoría dentro de la arquitectura comunitaria.
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¿Qué podría significar en la práctica?
La idea es construir una relación que vaya bastante más allá del acuerdo comercial que Canadá y la UE ya tienen.
Von der Leyen habló de crear un “espacio común de prosperidad y seguridad económica”, mientras que los gobiernos canadiense y Bruselas han identificado áreas como defensa, minerales críticos, energía, inteligencia artificial, tecnologías avanzadas, el espacio, la ciberseguridad y la capacidad industrial como posibles ámbitos de cooperación.
Eso podría traducirse, dependiendo de lo que finalmente se negocie, en una mayor integración de las cadenas de suministro, especialmente en minerales críticos, baterías y tecnologías estratégicas.
También en cooperación industrial en defensa, incluida la posibilidad de conectar las capacidades productivas canadienses y europeas, más colaboración energética, con Canadá como potencial proveedor de gas natural licuado e hidrógeno para Europa.
Asimismo, proyectos conjuntos en inteligencia artificial, computación y tecnologías avanzadas o cooperación en el Ártico, una región cada vez más relevante desde el punto de vista económico y estratégico y una mayor integración digital y comercial, incluida la posibilidad de facilitar el intercambio de servicios y bienes.
Por otra parte, apuntaría a una cooperación educativa, incluida la aspiración canadiense de participar en Erasmus+, el programa europeo de movilidad y educación.
El Gobierno de Carney ha planteado precisamente una relación que permita a Canadá y Europa reforzar su autonomía estratégica mediante una cooperación más estrecha.
Pero hay una diferencia importante entre lo que se ha identificado como áreas de interés y lo que realmente quedaría establecido en un eventual acuerdo. Los detalles todavía están por negociar.
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¿Por qué no sería lo mismo que entrar en la Unión Europea?
La diferencia fundamental con la adhesión plena es que Canadá no tendría la condición de Estado miembro.
Los 27 Estados de la UE participan en la toma de decisiones de las instituciones comunitarias y están sujetos al conjunto de derechos y obligaciones derivados de los tratados. Una relación asociada, en cambio, tendría que determinar qué ámbitos de las políticas europeas se aplicarían a Canadá y cuáles quedarían fuera.
Uno de los interrogantes más importantes sería precisamente el acceso al Mercado Único europeo.
Una integración profunda exigiría probablemente que Canadá adaptara parte de sus normas y regulaciones a los estándares comunitarios. Pero, si el país americano tuviera que aplicar determinadas reglas europeas sin participar en las instituciones que las elaboran, surgiría una cuestión central: hasta qué punto aceptaría Ottawa convertirse en receptor de normas sobre las que no tendría voto.
Ese problema ya aparece, con distintos grados, en las relaciones de la UE con países como Noruega, Islandia y Liechtenstein, que participan en el Espacio Económico Europeo, y con Suiza, que mantiene un acceso selectivo al Mercado Único mediante una red de acuerdos.
Canadá, sin embargo, no está en ninguno de esos marcos.
¿Y qué pasa con el acuerdo comercial que ya existe?
Canadá y la UE no parten de cero. Ambos tienen el Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA), cuya parte comercial se aplica provisionalmente desde septiembre de 2017.
El eventual estatus de asociado podría servir para ampliar esa relación hacia áreas que el acuerdo comercial no cubre de la misma manera, pero también plantea una paradoja: la UE todavía no ha completado la ratificación nacional del CETA en todos sus Estados miembros.
Por ello, una de las preguntas que deberá responder la negociación es qué añadiría exactamente una nueva asociación a una relación comercial que ya cuenta con una estructura jurídica propia.
La propuesta parece apuntar a que la relación deje de estar centrada principalmente en el comercio y pase a abarcar una asociación estratégica más amplia.
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¿Qué tendría que ocurrir para que se concrete?
El anuncio de Von der Leyen no basta por sí solo. La presidenta de la Comisión Europea dirige el brazo ejecutivo de la UE, pero son los Estados miembros quienes tendrían que respaldar el marco que finalmente se acuerde. Además, el procedimiento dependería de cómo se diseñara jurídicamente la nueva relación.
Si fuera necesario modificar los tratados para crear formalmente una categoría de “miembro asociado”, el proceso sería especialmente complejo: requeriría unanimidad entre los 27 Estados y ratificaciones nacionales.
También existe la posibilidad de que Bruselas y Ottawa opten por construir una relación especial mediante acuerdos específicos, sin crear una nueva categoría formal dentro de los tratados. Precisamente por eso, todavía no está claro si el término “miembro asociado” acabará designando un nuevo estatus jurídico o una fórmula política para una red de acuerdos más amplia. Diplomáticos europeos han expresado dudas sobre el alcance y la viabilidad de la propuesta.
La próxima cumbre entre Canadá y la UE, prevista para octubre, podría servir para avanzar en la definición de esa relación.
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El factor Trump: el contexto que explica el acercamiento
La iniciativa aparece en un momento de fuerte deterioro de las relaciones de Canadá y la Unión Europea con Estados Unidos.
Para Ottawa, el problema es especialmente relevante porque su vecino al sur ha sido históricamente su principal socio comercial, pero el Gobierno de Mark Carney ha buscado diversificar sus relaciones económicas y estratégicas mientras las disputas comerciales con Washington se han intensificado. En septiembre, el Gobierno de Donald Trump anunció nuevas medidas contra determinados productos canadienses después de que Ottawa aplicara medidas de represalia.
En paralelo, la UE afronta sus propias tensiones comerciales y estratégicas impulsadas por el actual inquilino de la Casa Blanca y busca reforzar sus capacidades de defensa y su autonomía económica.
Carney ha descrito la relación que quiere construir con Europa como una “alianza única”, mientras que el Gobierno canadiense sostiene que una mayor cooperación con socios europeos puede reforzar su autonomía y resiliencia.
Von der Leyen, por su parte, ha insistido en que la asociación propuesta no pretende estar dirigida contra ningún tercer país, sino reforzar la capacidad de Canadá y Europa para actuar conjuntamente.
La reacción de Washington añade otra dimensión
Donald Trump ha interpretado la propuesta de manera muy diferente.
El presidente estadounidense calificó la posibilidad de una asociación entre Canadá y la UE de “ridícula” y advirtió que Washington podría imponer “aranceles muy serios” o incluso reducir el comercio con Europa si considera que la iniciativa constituye un acto hostil.
La reacción introduce un elemento adicional en una propuesta que inicialmente se presentó como una cuestión de cooperación económica y estratégica: el acercamiento entre Ottawa y Bruselas también se produce en un contexto de redefinición de las alianzas occidentales.
Carney, entretanto, ha defendido el derecho de Canadá a establecer asociaciones internacionales y, en su intervención ante el Parlamento Europeo, abogó por estrechar la cooperación con Europa en ámbitos como los minerales críticos, la inteligencia artificial, la defensa y la energía.
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¿Qué cambia para Canadá y qué no?
Por ahora, no cambia formalmente nada: Canadá sigue siendo un país tercero con respecto a la Unión Europea y continúa rigiéndose por los acuerdos existentes con el bloque.
Lo que sí ha cambiado es el nivel de ambición política de la relación.
Si la propuesta prosperara, Canadá podría convertirse en un socio con un grado de integración económica, tecnológica y estratégica con la UE mucho mayor que el actual, sin asumir necesariamente todas las obligaciones ni obtener todos los derechos de un Estado miembro.
Ese equilibrio será precisamente uno de los mayores desafíos de la negociación: determinar cuánto acceso y cooperación puede ofrecer la UE sin convertir la asociación en una adhesión de facto, y cuánto acercamiento está dispuesto a aceptar Canadá sin tener representación plena en las instituciones europeas.
Y hay una segunda cuestión de fondo: si los 27 gobiernos europeos respaldarán o no una fórmula que todavía no tiene una definición jurídica clara. El caso de Canadá podría terminar creando un nuevo modelo de relación exterior para la UE, pero también podría quedarse, al menos inicialmente, en una declaración de intención acompañada de acuerdos sectoriales.
Por eso, más que una nueva membresía ya creada, lo anunciado esta semana representa la apertura de una negociación sobre hasta dónde puede llegar la relación entre Canadá y la Unión Europea sin que Canadá se convierta en un Estado miembro. El resultado dependerá ahora de las decisiones de los 27 países del bloque, de las conversaciones con Ottawa y, en un contexto cada vez más marcado por la rivalidad comercial, de cómo evolucione la relación de ambos con Washington.
El Gobierno de Donald Trump está próximo a enfrentar las elecciones de medio término que renovarán el Congreso y en dos años EE. UU. deberá ir a las urnas para elegir nuevo presidente. Si bien el país podría cambiar de rumbo político –o no–, las tensiones impulsadas por el actual inquilino de la Casa Blanca pueden estar dejando desde ya cambios en las alianzas económicas y políticas con respecto a cómo el mundo ha funcionado en décadas.
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Con Reuters y medios locales
