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Ser madre en medio del miedo (2/4): Beirut, donde el desplazamiento tiene rostro de mujer

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Rana llegó a Beirut después de haber pasado por demasiados lugares provisionales. Primero dejó Khiam, su aldea en el sur del Líbano. Después vino una escuela convertida en refugio colectivo. Más tarde, otro centro saturado donde apenas quedaba espacio para extender un colchón. En cada etapa escuchó la misma promesa de fondo, siempre formulada de la misma manera: sería cuestión de unos días, antes del regreso. Pero el tiempo siguió avanzando y, ahora instalada en el recinto junto al puerto de la capital, vuelve a encontrarse con la misma incertidumbre, la posibilidad de tener que marcharse otra vez.  

Omar el hijo mayor de Rana lleva galones de agua para asearse (Biel, zona portuaria Beirut).
Omar el hijo mayor de Rana lleva galones de agua para asearse (Biel, zona portuaria Beirut). © Ethel Bonet – France 24

Entre los contenedores del puerto de Beirut, el ruido del metal, la humedad que llega del mar y las grandes masas de hormigón del antiguo recinto ferial, el desplazamiento ha ido perdiendo su carácter de emergencia para convertirse en algo repetitivo, casi cotidiano. No hay carteles ni límites claros que lo definan, pero el lugar funciona como uno de los principales puntos de acogida improvisados para familias llegadas del sur del país. 

Lo que se extiende aquí no tiene forma de campamento en sentido estricto, sino de acumulación de refugios precarios. Lonas azules fijadas entre estructuras metálicas, colchones directamente sobre el suelo, rincones marcados con telas o restos de madera que apenas separan unas vidas de otras. El conjunto ya no transmite temporalidad, sino continuidad forzada. 

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Alaa Dahnoun, de 12 años, quien afirmó haber sobrevivido a un ataque israelí que la obligó a huir con sus padres a Beirut, mira a través de la ventana dañada de su apartamento tras regresar a casa después de que entrara en vigor un alto el fuego de diez días entre el Líbano e Israel, en Nabatieh (Líbano), el 18 de abril de 2026.
Alaa Dahnoun, de 12 años, quien afirmó haber sobrevivido a un ataque israelí que la obligó a huir con sus padres a Beirut, mira a través de la ventana dañada de su apartamento tras regresar a casa después de que entrara en vigor un alto el fuego de diez días entre el Líbano e Israel, en Nabatieh (Líbano), el 18 de abril de 2026. REUTERS – Zohra Bensemra

El recinto de Biel, concebido para ferias y eventos, ha quedado absorbido por esta realidad. Allí hay ahora personas viviendo sin servicios básicos. No existe una red de saneamiento adecuada, las duchas son prácticamente inexistentes y el suministro de agua depende de camiones que llegan de forma irregular. En ese entorno, el olor a plástico, humedad y combustible se ha vuelto constante, como parte del propio paisaje. 

En uno de los extremos del recinto, el espacio se organiza por pura acumulación de urgencia.

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Rana, de 34 años, vive allí con sus tres hijos. El suelo donde se sientan y duermen fue en otro tiempo un aparcamiento, aunque ahora esa idea ya no tiene ninguna utilidad. “Dormimos aquí, donde antes había autos”, dice, como si la referencia al pasado fuera casi irreconocible. 

A su alrededor, cada familia ha ido trazando su propio perímetro con lo que ha podido reunir: cuerdas anudadas, telas de color azul, tablones reutilizados y restos de madera que apenas sostienen una separación simbólica.  

“Allí la gente duerme una encima de otra”

Ahora, la sensación de provisionalidad se ha vuelto todavía más frágil en Biel. Desde el pasado 15 de mayo, las autoridades libanesas han comenzado a desmontar parte de las estructuras instaladas en el recinto y presionan para trasladar a las familias hacia otros refugios colectivos, principalmente la Ciudad Deportiva Camille Chamoun y algunos terrenos municipales. Oficialmente, el objetivo es reorganizar el espacio y mejorar las condiciones sanitarias, pero dentro del asentamiento el anuncio se vive con desconfianza. 

Niños juegan en un campamento de desplazados en el Estadio Camille Chamoun Sports City en Beirut, Líbano, el 12 de mayo de 2026. Según la Unidad de Gestión de Desastres del Gobierno libanés, al 12 de mayo de 2026, más de 31.400 familias se encontraban desplazadas internamente en refugios colectivos en el Líbano desde que Israel reanudó el conflicto el 2 de marzo de 2026. (Líbano) .
Niños juegan en un campamento de desplazados en el Estadio Camille Chamoun Sports City en Beirut, Líbano, el 12 de mayo de 2026. Según la Unidad de Gestión de Desastres del Gobierno libanés, al 12 de mayo de 2026, más de 31.400 familias se encontraban desplazadas internamente en refugios colectivos en el Líbano desde que Israel reanudó el conflicto el 2 de marzo de 2026. (Líbano) . © EFE

Muchos desplazados aseguran que ya pasaron por varios centros antes de llegar aquí y no quieren volver a empezar en otro lugar saturado. Otros desconfían de las condiciones en los nuevos refugios. La Ciudad Deportiva aparece constantemente en las conversaciones. “Allí la gente duerme una encima de otra”, explica Rana. “Aquí al menos todavía tenemos un poco de espacio”. 

La vida cotidiana en Biel está marcada por la falta de previsibilidad. El agua determina los horarios y la ausencia de letrinas obliga a las familias a reducir incluso el consumo básico. “Mis hijos intentan no beber mucho por la noche”, cuenta Rana, “para no tener que salir al baño”. La frase resume hasta qué punto la precariedad ha terminado alterando la vida diaria. 

“Allí la gente duerme unas encima de otras”, explica Rana. “Aquí al menos todavía tenemos un poco de espacio”. 

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Escuelas convertidas en refugio

Las agencias humanitarias llevan meses alertando sobre la presión creciente que soporta Beirut, donde la respuesta al desplazamiento ha sido la ocupación improvisada de escuelas, edificios vacíos, terrenos abandonados e infraestructuras no preparadas para albergar población.

Niños desplazados juegan con voluntarios dentro del Estadio Camille Chamoun Sports City en Beirut, Líbano, el 11 de marzo de 2026.
Niños desplazados juegan con voluntarios dentro del Estadio Camille Chamoun Sports City en Beirut, Líbano, el 11 de marzo de 2026. © EFE – Wael Hamzeh

Trabajadores humanitarios describen una ciudad agotada, incapaz de absorber nuevos desplazamientos continuos. En Biel, esa transformación resulta visible en los detalles: estructuras reforzadas con tablones, cocinas improvisadas y tiendas que empiezan a parecer permanentes. 

El asentamiento del puerto no es un caso aislado. Naciones Unidas estima que más de un millón de personas han atravesado distintas formas de desplazamiento desde el inicio de la guerra, entre evacuaciones, retornos frustrados y nuevos movimientos forzados. La guerra ha dejado ya más de 3.200 muertos y ha profundizado una crisis humanitaria que las organizaciones internacionales consideran insostenible. 

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© France 24

El problema, sin embargo, va mucho más allá de Biel y afecta ya a miles de niños en todo el país, como los hijos de Rana, que llevan cerca de tres meses sin ir a la escuela.  Decenas de escuelas públicas han sido dañadas por los bombardeos o convertidas en refugios colectivos para desplazados, interrumpiendo el curso escolar durante meses. En Beirut, muchas funcionan desde hace tiempo como centros de acogida improvisados, especialmente en barrios como Hamra, Tariq al-Jdideh o Burj Hammoud.  

Según datos de Naciones Unidas, entre 120.000 y 130.000 personas viven actualmente en refugios colectivos oficiales, a menudo en condiciones de hacinamiento extremo; trabajadores humanitarios describen habitaciones compartidas por más de diez personas y familias enteras instaladas en aulas vacías o pasillos escolares. En ese contexto, la escuela ha dejado de ser únicamente un espacio educativo para convertirse también en dormitorio, refugio y punto de distribución de ayuda humanitaria. 

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Vida de incertidumbre: «¿Volver a dónde? ¿volver a qué?”

“Omar -mi hijo mayor- me preguntó si este es ahora nuestro barrio”, dice Rana. No supo responderle. La pregunta no es solo geográfica, sino también temporal, sobre si el lugar en el que viven es un paréntesis o una condición indefinida. 

En el sur, mientras tanto, la situación sigue marcada por una pausa sin pausa: conversaciones diplomáticas abiertas, bombardeos intermitentes y una sensación de guerra que nunca termina de detenerse. “Las conversaciones entre Líbano e Israel ofrecen una oportunidad crucial para poner fin a la guerra entre Israel y Hezbolá”, declaró recientemente Imran Riza, coordinador humanitario de Naciones Unidas para el Líbano. Según Riza, las negociaciones “abrirán el camino hacia una solución política”. Pero al mismo tiempo advirtió que “los bombardeos aéreos y las demoliciones continúan diariamente, causando pérdidas inaceptables entre civiles e infraestructuras civiles”. 

Niños desplazados que huyeron de los ataques aéreos israelíes en el sur del Líbano miran por la ventana de una escuela local utilizada como refugio en Beirut, Líbano, el 29 de abril de 2026.
Niños desplazados que huyeron de los ataques aéreos israelíes en el sur del Líbano miran por la ventana de una escuela local utilizada como refugio en Beirut, Líbano, el 29 de abril de 2026. © EFE – Wael Hamzeh

Rana no habla de retorno con convicción. Cuando se le pregunta por su casa en el sur, su respuesta es breve: “Ya no existe”, dice. El retorno, en su caso, no es una opción política ni una decisión posible, sino una pérdida progresiva de referencia. “¿Volver a dónde? ¿Volver a qué?”, añade. 

Al final de la tarde, el sol cae sobre el hormigón del puerto y las estructuras improvisadas empiezan a confundirse con las sombras. El ruido de los contenedores, de los generadores y del tráfico continúa sin interrupción. Los niños juegan en el mismo espacio donde otros cocinan, descansan y duermen. Rana se levanta despacio, mira el conjunto del asentamiento unos segundos y se incorpora sin prisa. “Esto no es un asentamiento”, dice. “Es una espera.” Y esa condición, entre quienes han sido desplazados una y otra vez, ya no describe un intervalo. Describe una forma de vida que ha perdido la noción de salida. 

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