Internacionales
Muere el jesuita Javier Giraldo, defensor de las víctimas de la violencia y los DD. HH. en Colombia

Un sacerdote que hizo de la defensa de las víctimas una vocación. Nacido en 1944, Javier Giraldo dedicó buena parte de su vida a escuchar y acompañar a personas y comunidades atrapadas en la violencia. Su trayectoria religiosa estuvo estrechamente vinculada con la defensa de los derechos humanos y a la denuncia de los abusos cometidos durante décadas de conflicto armado en Colombia, independientemente de los actores responsables.
Su formación incluyó estudios de Filosofía y Teología en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, además de una especialización en la Universidad París I Panthéon-Sorbonne y estudios de sociología y literatura. Pero fueron sus años de trabajo directo con comunidades afectadas por la guerra los que marcaron especialmente su trayectoria.
Desde ese lugar se convirtió en una figura incómoda para quienes buscaban silenciar o minimizar los crímenes cometidos en diferentes regiones del país. Su trabajo le valió amenazas y enfrentamientos políticos, pero también el reconocimiento de organizaciones y sectores que encontraron en él una de las voces más persistentes en la defensa de las víctimas.
El archivo de décadas de violencia y un legado construido contra el olvido
Giraldo participó en 1988, junto a otros jesuitas, en la fundación del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), institución desde la que desarrolló buena parte de su trabajo de investigación y documentación. Allí impulsó Noche y Niebla, una publicación que se convirtió durante décadas en una referencia para el registro de la violencia política y social en Colombia.
En sus páginas quedaron documentados asesinatos, desapariciones forzadas, desplazamientos, amenazas y otras violaciones de derechos humanos cometidas en distintos puntos del país. El propósito no era únicamente contabilizar víctimas, sino reconstruir las circunstancias de cada hecho, identificar a los afectados y preservar testimonios que podían desaparecer con el paso del tiempo.
Ese trabajo convirtió los archivos de Giraldo y del Cinep en una suerte de memoria documental de la guerra colombiana. Su apuesta consistía en registrar aquello que podía quedar oculto entre versiones oficiales, silencios institucionales y el miedo de las comunidades, con la convicción de que documentar un crimen también era una forma de luchar contra la impunidad.
Giraldo fue cercano a sectores de la izquierda colombiana y participó en investigaciones y debates que lo enfrentaron públicamente con figuras de enorme poder político. Entre sus trabajos estuvo una investigación sobre el empresario esmeraldero Víctor Carranza, realizada junto con el senador Iván Cepeda, además de escritos dedicados a documentar los orígenes y evolución del paramilitarismo.
También denunció ejecuciones extrajudiciales, desapariciones, vínculos entre agentes estatales y grupos paramilitares y operaciones de espionaje contra opositores. Sus posiciones provocaron fuertes críticas de sectores políticos que lo acusaron de parcialidad, pero Giraldo mantuvo como eje de su trabajo la defensa de las víctimas y la documentación de los hechos.
Su muerte cierra una trayectoria de más de medio siglo en la que religión, investigación y defensa de los derechos humanos estuvieron profundamente entrelazadas. Más allá de sus cargos, publicaciones o reconocimientos, su principal legado queda en los testimonios que ayudó a preservar y en los nombres de miles de víctimas que se negó a dejar desaparecer. En un país que ha dedicado décadas a reconstruir su historia de violencia, Javier Giraldo hizo de la memoria una forma de resistencia.
San José de Apartadó y las comunidades en medio de la guerra
Uno de los capítulos más significativos de su trayectoria fue el acompañamiento a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, creada en 1997 como una iniciativa civil de resistencia no violenta frente a los distintos actores armados que operaban en la región de Urabá. Giraldo respaldó a sus integrantes y denunció durante años los asesinatos y la persecución que sufrieron.
Su trabajo con estas comunidades reflejaba una de las características centrales de su labor: permanecer cerca de quienes padecían la violencia incluso cuando hacerlo implicaba riesgos. Para Giraldo, escuchar a las víctimas y registrar sus testimonios era una manera de impedir que los crímenes fueran reducidos a cifras o desaparecieran de la memoria pública.
La defensa de San José de Apartadó se inscribió en una trayectoria más amplia de denuncia del paramilitarismo, de abusos atribuidos a agentes estatales y de violaciones cometidas por distintos grupos armados. Giraldo sostuvo que la defensa de los derechos humanos exigía poner en el centro a las comunidades y exigir responsabilidades sin importar quién estuviera detrás de cada crimen.
La búsqueda de Camilo Torres, una misión hasta sus últimos años
Otra de las grandes causas de la vida de Giraldo fue la búsqueda de los restos de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote que murió en 1966 como integrante de la guerrilla del ELN y cuya figura marcó profundamente al jesuita desde su juventud. Giraldo lo conoció una vez, cuando Torres todavía no había ingresado en la guerrilla, pero sus ideas sobre la pobreza, la justicia social y el “amor eficaz” influyeron decisivamente en su propia trayectoria.
Durante décadas participó en los esfuerzos para localizar los restos de Torres, desaparecidos después de su muerte en combate. En 2019 presentó una nueva solicitud ante la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, una iniciativa que finalmente condujo a la identificación de los restos encontrados en un nicho del cementerio militar de Bucaramanga.
En febrero de 2026, Giraldo recibió la urna con los restos de Torres y participó en los actos para su entrega y homenaje. Aquella búsqueda, prolongada durante décadas, terminó convirtiéndose en uno de los últimos grandes capítulos de una vida dedicada a recuperar del olvido a quienes habían quedado atrapados en la historia violenta de Colombia.
La vida de Giraldo también estuvo marcada por la pérdida. Entre los episodios que más lo marcaron estuvo el asesinato de los investigadores sociales Mario Calderón y Elsa Alvarado, vinculados al Cinep y amigos cercanos del sacerdote. Ambos fueron asesinados junto con el padre de Elsa, Carlos Alvarado Pantoja, en Bogotá el 19 de mayo de 1997. La madre de Elsa resultó herida y su hijo, de pocos meses, sobrevivió.
Calderón había compartido con Giraldo su pertenencia a la Compañía de Jesús y posteriormente había trabajado en el acompañamiento a comunidades afectadas por la violencia. Junto con Alvarado, desarrollaba investigaciones y defendía proyectos ambientales, entre ellos la protección del páramo de Sumapaz.
Después del crimen, Giraldo convirtió el esclarecimiento del asesinato en una causa personal. Utilizó también Noche y Niebla para volver sobre el caso y cuestionar las versiones que no habían permitido establecer plenamente las responsabilidades detrás de la muerte de sus compañeros.
Con medios locales
